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| Portada del libro: "La vuelta al mundo en 80 museos" |
Se puede adquirir también la web de la editorial:
https://trea.es/producto/87790-02-vuelta-mundo-80/
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| Entrada al Museo Arqueológico de Fuerteventura |
Accedemos por una carretera serpenteante hasta la recóndita localidad de Betancuria, en el interior de la isla de Fuerteventura. Cuesta imaginar que aquí se estableciera la primera capital isleña tras la conquista española, pero este lugar, casi secreto, nos recuerda que durante siglos los habitantes de la isla —aborígenes o colonos europeos— tuvieron que hacer frente tanto a disputas internas como a la piratería menos hollywoodiense y más destructiva. De hecho, la lejanía de la costa no impidió que, en 1593, una incursión berberisca arrasara el enclave por completo. Hoy Betancuria parece existir para el disfrute —aparente y calculado— de los turistas, gracias a su centro histórico impecable y petrificado en el tiempo.
Llegamos tan temprano que no encontramos a casi nadie por las calles. Nos dirigimos enseguida al Museo Arqueológico, un edificio nuevo, moderno y funcional, situado en una ladera frente al casco histórico. Acaban de abrir. Nos preguntan de dónde venimos y nos recuerdan que la entrada es gratuita.
En la planta baja descubrimos la exposición permanente bajo un lema elocuente: «Donde renacen los aborígenes». Esta institución, inaugurada hace pocos años, reúne objetos y vestigios anteriores a la colonización española. La arqueología en las Islas Canarias tiene características únicas, muy distintas —es obvio— de cualquier otra parte del mundo, especialmente de la arqueología peninsular. Aquí vivieron etnias aborígenes (llamadas genéricamente guanches) que, en Lanzarote y Fuerteventura —las islas más cercanas al continente africano—, recibían el nombre de “majos” o “mahos” (origen del gentilicio majorero). Estas poblaciones sobrevivieron en una especie de prehistoria hasta la llegada de los europeos, cuando desaparecieron de manera más o menos “misteriosa” (la ironía se entiende).
El museo, con una clara vocación pedagógica, plantea preguntas que la arqueología y la historia aún no han podido responder con certeza. ¿De dónde vinieron estas poblaciones? Se barajan varias teorías: que emigraran desde el norte de África o, incluso, una más sorprendente, según la cual los romanos las habrían expulsado del continente y traído hasta aquí. Lo cierto es que se han hallado objetos romanos en la isla de Lobos, junto a la costa norte de Fuerteventura, donde, al parecer, se practicó alguna actividad minera. En el museo pueden verse fragmentos de esas vasijas romanas. También se abren interrogantes sobre si los aborígenes conocían la escritura: existen signos grabados en paredes que podrían formar un sistema rudimentario de signos. Poco se sabe igualmente de sus creencias, aunque aquí puede admirarse el célebre ídolo antropomorfo hallado en la Cueva de los Ídolos (La Oliva), una figurilla que, pese a su tamaño mínimo y a los escasos trazos con los que representa lo humano, resulta fascinante.
En la planta superior nos sorprenden dos dispositivos de realidad virtual. Al colocárnoslos, comienza una proyección inmersiva en la que asistimos a un ritual funerario dentro de una cueva aborigen. El museo dedica también un espacio a quienes excavaron e investigaron en la isla: desde Ramón F. Castañeyra, autor en 1883 de la primera publicación sobre la arqueología de Fuerteventura, hasta los arqueólogos más recientes, todos tienen aquí un lugar de reconocimiento. Desde las salas superiores se disfruta, además, de unas excelentes vistas sobre la población.
Al salir, el panorama ha cambiado por completo: la localidad se ha llenado de turistas. Varios autocares se han estacionado en la entrada y un enjambre multicolor de idiomas y vestimentas invade cada rincón, como los berberiscos del siglo XVI, aunque ahora con fines pacíficos. Para nosotros ha llegado la hora de escapar de Betancuria.
| Interior del Museo Víctor Balaguer |
Un día caluroso de julio nos acercamos a Vilanova i la Geltrú para visitar la Biblioteca Museu Víctor Balaguer. El centro de la población está muy concurrido; vemos a familias pertrechadas con sombrillas y sillas plegables en dirección a la playa, y otras personas van a paso firme, incluso corriendo, hacia la cercana estación de tren. Nosotros nos quedamos frente a un edificio que parece un templo. Efectivamente, se trata de un lugar dedicado a la veneración de las artes y el saber. El contenedor del museo es, en sí, ya una declaración de intenciones: tiene una estética algo ecléctica entre neoclásica e historicista, con capiteles de inspiración egipcia. Sobre el frontispicio de la entrada podemos leer: Surge et ambula, y en el suelo: Ave. El polifacético político y escritor catalán Víctor Balaguer Cirera (1824-1901), masón y liberal, dejó gran parte de su legado en esta Biblioteca Museu que él mismo fundó en Vilanova i la Geltrú en 1884.
En la primera sala, un magnífico espacio de techo altísimo con esculturas en el centro, vemos obras de autores catalanes de finales del siglo XIX, como Ramón Casas, Santiago Rusiñol y Mariano Fortuny, entre otros; también una obra historicista de juventud, de gran formato, de Sorolla. Desde allí podemos acceder a la denominada Sala Prado, evidentemente dedicada a las obras en depósito del Museo del Prado. Aquí hay una pequeña pero significativa selección del llamado Siglo de Oro del arte español: una Sagrada Familia de El Greco, pinturas de Ribera, Maíno y una preciosa vista de Bruselas con personajes históricos de Brueghel; también un par de copias de Goya de retratos reales.
Desde aquí se puede acceder a unas salas más pequeñas con diferentes piezas arqueológicas egipcias y también de otras procedencias, como América y Filipinas, lo que nos recuerda los amplios intereses intelectuales y artísticos de Víctor Balaguer, pero especialmente que llegó a ser ministro de Ultramar. En las cartelas de estas secciones se pueden leer algunas referencias críticas al colonialismo que no sabemos si son lamentos pertinentes o disculpas sin convicción.
En la segunda planta se encuentra el arte del siglo XX: desde un Anglada Camarasa muy festivo, pasando por Isidre Nonell y Joaquim Mir, hasta algunos pintores catalanes de la segunda mitad del siglo, como Pijoan, Ràfols Casamada y otros. Me llama la atención un Saura, como siempre tan tremendista, y que siempre ha tenido la virtud de atraerme y disgustarme al mismo tiempo.
Al fin, justo antes de salir, recorremos la famosa biblioteca, un espacio amplio rodeado de libros encerrados en vitrinas, y que forma parte del gran legado de Balaguer a la localidad de Vilanova i la Geltrú. Salimos de nuevo a la calle, y el sol apremiante nos hace correr hacia un nuevo refugio.
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| Interior del Museo Arqueológico de Split |
La llamada Belle Époque es un tiempo con un principio indeterminado (algunos dicen que se inicia con el fin de la guerra franco-prusiana, pero ciertamente sería durante el último cuarto del siglo XIX); por el contrario, termina abruptamente con el comienzo de la I Guerra Mundial (1914). Dicho periodo feliz tuvo en París uno de sus más importantes epicentros: desde la ciudad de la luz se irradió cultura, arte, ciencia, desarrollo industrial y de las comunicaciones, pero también una forma despreocupada o desenfadada de vivir, así como el mayor período de expansionismo o colonialismo europeo. Como dice Orlando Figes en su magnífico ensayo Los europeos, la ópera (italiana) y el ferrocarril construyeron Europa hasta el advenimiento de la Gran Guerra, después surgieron las fronteras, los nacionalismos, cayeron imperios y emergieron los EEUU como potencia y adalides del mundo libre.
Durante aquellas décadas previas a la gran desastre, las clases medias y/o acomodadas de las grandes urbes europeas buscaban, especialmente durante el verano, lugares de ocio y divertimento. El desarrollo de la red de ferrocarril facilitó los desplazamientos. Se buscaban ciudades balnearios o también lugares benignos en la costa, donde la sociedad urbana volvía a reencontrarse. Aquí, en la localidad normanda de Cabourg podemos encontrar un buen ejemplo de ello, cuya fama perdura hasta ahora gracias a que su paseo marítimo y al famoso hotel casino que lo preside aparecen mencionados en En busca del tiempo perdido de Marcel Proust; pues a esta localidad acudían (y acuden) los parisinos para pasar los veranos relajadamente, reproduciendo en un entorno vacacional los roles y jerarquías sociales de sus lugares de procedencia, pero bajo una advocación más benigna, amable o informal.
No podríamos imaginar un sitio mejor para encontrar un museo dedicado a la Belle Época. Es verano también y recorremos las calles y animadas avenidas de Cabourg: nos maravillamos con las grandes mansiones con un aire campestres, algunas muy bien conservadas, que se entrevén tras las verjas. Aquí mismo se ha remodelado una antigua villa de finales del siglo XIX: la Villa du temps retrouvé. Nos acercamos dando un paseo, atraídos por el canto de las sirenas finiseculares. Parece ser que Proust conoció el esplendor de esta localidad normanda, aunque nunca se alojó precisamente en esta casa señorial reconvertida en museo; sin embargo aquí está muy presente, pues nada más entrar, en el jardín, nos recibe una estatua de cuerpo entero del escritor: muestra un aire algo desenfadado. Como dicen en la entrada la Villa no es un museo sobre Proust, sino un museo con Proust.
Entramos en la mansión, previo pago de nuestras correspondientes entradas, y recorremos sus habitaciones y salones, todo repleto de fotos, objetos, portadas de periódicos, muebles, libros, vestidos de mujer o de hombre, cuadros, pero sobre todo de pantallas interactivas de todos los tamaños con filmaciones antiguas, donde se ha recreado el ambiente finisecular y desenfadado de la Belle Époque. Me parece que algunos fragmentos de las filmaciones que se muestran son de Segundo de Chomón, pionero del cine y turolense universal, pero poco conocido; busco la referencia en las cartelas o las explicaciones que salpican los objetos, sin embargo no encuentro su nombre ni otras referencias autorales. Parece que aquí, más que la ambientación o el rigor, priman las pantallas interactivas, la visualización, las proyecciones, la tecnología punta. Tanta digitalización nos aleja de aquella época suspendida entre dos siglos, cuyo esplendor y saber vivir se perdió abruptamente el día que las potencias europeos decidieron comenzar una guerra fratricida que sería interminable, algunas de cuyas consecuencias han perdurado hasta la actualidad.
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| Pasaje elevado. Museo del Palmeral de Elche |
https://www.visitelche.com/cultura/museos/museo-del-palmeral/