Un viaje al rededor de los museos

Museos pequeños, museos con encanto, museos poco conocidos, museos y/o fundaciones de mis artistas o arquitectos favoritos, museos que he tenido el gusto de visitar y que, por diferentes razones, merecerían volver a ser visitados.

Todos los textos y fotos de este blog son autoría y propiedad de Agustín Calvo Galán. Si quieres citarlos o usar las fotos, puedes hacerlo; pero, por favor, indica la procedencia y la autoría. Gracias.
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lunes, 15 de junio de 2026

Museo Arqueológico L'Esquerda (Roda de Ter, Barcelona)

Yacimiento de L'Esquirol (Roda de Ter)



El río Ter atraviesa varias comarcas de las provincias de Barcelona y Gerona; y, como todos los ríos de las cuencas internas de Cataluña, sufre periodos de sequía que lo dejan reducido a un riachuelo. Sin embargo, tras las lluvias abundantes del último año, hoy lo vemos convertido en un gran río. Nos acercamos a sus orillas, cerca de Vic, en un recodo inundado, y lo vemos tan crecido que nos parece el Rin a su paso por Colonia. Nos dirigimos a Roda de Ter, un municipio, como su propio nombre indica, situado precisamente en un meandro del rio Ter. Esta población es conocida por ser el lugar de nacimiento de Miquel Martí i Pol, uno de los poetas catalanes más conocidos de la segunda mitad del siglo XX. 

Sin embargo, nosotros hemos venido a ver un yacimiento y un museo arqueológico llamados L'Esquerda (la grieta). Tenemos que atravesar Roda de Ter, nuestro destino se encuentra al final, en el otero que forma la lengua de tierra desde donde se puede observar la curva del río. Lo primero que encontramos es el edificio que alberga el museo. Parece un fortín o un cuartel militar, hecho de piedra y con torreones en las esquinas. Sobre la puerta principal, nos sorprende el escudo de España simplificado en cuatro cuartos: el león, el castillo, las cuatro barras y las cadenas (después, nos enteraremos que había sido un antiguo cuartel de la Guardia Civil). Junto a la entrada, diferentes carteles indican los procesos de rehabilitación del edificio en el que han participado las administraciones, pues en el 2013 se convirtió en la sede del museo arqueológico que da entrada al yacimiento, que se encuentra detrás.

Llegamos pronto, justo a la hora de la apertura. La responsable, una chica joven y bien dispuesta, no solo nos abre las puertas de la calle, sino que también nos enciende las luces de las salas. La visita comienza en el primer piso. Subimos unas escaleras modernas y enseguida nos adentramos en la historia milenaria del lugar en el que nos encontramos: la primera ocupación es de la Edad del Bronce. Después pasamos por una parte muy importante del yacimiento: el asentamiento ibérico. Aquí están depositados algunos testimonios íberos, con cerámica, armas, fíbulas, piedras o pesas de telar, así como pequeños trozos de cerámica griega (símbolo prestigioso de la época y signo por antonomasia del comercio mediterráneo con los griegos establecidos en Ampurias), y también atrae nuestra atención algunas inscripciones en la enigmática lengua de los íberos. Después, el periodo romano, con la fundación de Ausa (actual Vic) en el llano, significó el despoblamiento de esta localidad. No sería hasta la Edad Media y, más concretamente, durante el periodo visigótico, cuando la población volvió a resurgir, quedando como mayor testimonio una basílica paleocristiana. Otro momento significativo es el del periodo carolingio de la Marca Hispánica. La presencia de los francos se ejemplifica con una minúscula moneda de plata en la que se puede leer: CAROLUS REX FR. Toda esta parte medieval cuenta con el testimonio de diferentes herramientas agrícolas.

Descendemos hasta la planta baja y la responsable nos enciende las luces de una pequeña sala donde hay una exposición temporal con la recreación de algunos instrumentos musicales medievales, a partir de representaciones gráficas. Cuando salimos, llega una pareja con una niña. 

Salimos del museo y nos dirigimos, atravesando las últimas casas de la población moderna, hacia el yacimiento arqueológico. Desde aquí, impresiona especialmente la panorámica sobre el río Ter, pero también las construcciones de época íbera y después la parte visigótica, con las paredes que aún quedan en pie de una basílica. Indudablemente, L'Esquerda es un ejemplo magnífico de cómo un museo, con unos pocos testimonios, pero bien contextualizados y explicados, y un yacimiento se integran para explicar las capas históricas, los cambios imparables, los retrocesos y los avances que dieron lugar al paisaje y al paisanaje actual de una población y de todo un territorio.

https://www.lesquerda.cat/es/


lunes, 1 de diciembre de 2025

Neues Museum - Museo Nuevo (Berlín, Alemania)

 

Busto de Nefertiti

Hemos reservado entradas, como si fuéramos a ver una obra de teatro, con día y hora para visitar el Museo Nuevo (o Neues Museum en alemán) de Berlín. Pero cuando estamos a punto de entrar en el metro, me doy cuenta de que me he dejado las entradas impresas en el hotel. En ese momento siento que, si en vez de imprimirlas, me las hubiera guardado digitalmente en el teléfono móvil, ahora no tendríamos este problema, pero soy un antiguo y lo digital me inquieta. Corremos de vuelta al hotel, cogemos las entradas y, corriendo, volvemos a la entrada del metro o U-Bahn. Tenemos el tiempo justo. Por suerte, solo tres paradas nos separan de la famosa isla de los museos de Berlín. Tan solo llegamos un par de minutos tarde, según la hora indicada en nuestros tickets, a la entrada al Museo. Por un momento tengo miedo de que la puntualidad alemana llegue al extremismo de impedirnos el acceso (aunque, vista la impuntualidad de los trenes alemanes en los últimos tiempos, deducimos que los teutones han olvidado sus viejas exigencias horarias). Así es, nos dejan entrar sin problema.

El nombre de Neues Museum puede llevar a error, pues aquí no hay nada nuevo. Esta institución se creó para ampliar o extender el llamado Museo Antiguo (o Altes Museum) que a mediados del siglo XIX había quedado pequeño. A tal fin, el arquitecto Friedrich August Stüler diseñó un edificio funcional en el estilo neoclásico tan al gusto alemán de la época, justo detrás. Cabe destacar que este edificio quedó tan dañado durante la II Guerra Mundial, que la extinta RDA no fue capaz de rehabilitarlo y el edificio estuvo en ruinas durante varias décadas, con proyectos de rehabilitación fallidos de por medio, y sus colecciones repartidas entre otras instituciones. Tras una ardua y cara restauración, reabrió en 2009.

De esta manera, en este lugar vuelven a reunirse las antiguas colecciones bajo los subtítulos de Museo Egipcio y Colección de Papiros y Museo de Prehistoria y Protohistoria; aquí se encuentra una colección insuperable de obras y objetos de la antigüedad egipcia y de la prehistoria y antigüedad europea. Como todo gran museo, su repertorio es inabarcable. Nosotros nos encaminamos en busca de los apartados del antiguo Egipto, distribuidos por la planta baja y la primera y la segunda planta; paseamos entre objetos de la vida cotidiana, estatuas de dioses y faraones, cabezas de escribas, frisos de templos y papiros. Por suerte, la visita al museo se hace amena pues no hay multitudes recorriéndolo. Sin embargo, nuestros pasos se encaminan firmes hacia el periodo llamado de Amarna, pues justamente aquí se encuentra una de las piezas más famosas de toda la Antigüedad, icono de la historia y el arte de Egipto: el busto de la reina Nefertiti. De hecho, solo por ver esta escultura sigular, la visita a la capital alemana ya merece la pena.

Yo ya había visto el busto en mi primer viaje a Berlín, allá por 1995, en su antiguo emplazamiento del pequeño museo dedicado a las antigüedades egipcias que había existido en el Berlín Occidental. Al parecer, esta pieza había quedado en el Berlín Oriental tras la guerra, pero después de la construcción del muro, misteriosamente, reapareció en el Berlín libre, donde estuvo expuesta en el museo en el que yo la vi.

Accedemos, por fin, a la sala en la que se encuentra el famosísimo busto de la esposa del faraón hereje Akenatón. Está subido en un podio dentro de una gran urna y tres personas la vigilan continuamente. Nos acercamos al vidrio y observamos impresionados la sutileza de sus rasgos, el color de la piel, la finura con la que fue tallada, la forma ovalada del cráneo tan característica del periodo amarniense, los colores que aún perviven en su superficie, la belleza y la humanidad que exhala, etc. Me sobrecoge como la primera vez que la vi. Sin embargo, cuando llevamos un cierto tiempo observándola atentamente, vemos cómo los vigilantes se aproximan a nosotros y nos miran recelosos. Es hora de dejar atrás una de las obras más extraordinarias de la creación egipcia.

Seguimos nuestro recorrido, ahora por salas dedicadas a la Prehistoria de diferentes lugares de Europa. Nos detenemos ante algunos hallazgos de periodo germánico antiguo y, en concreto, frente a otra pieza realmente singular y enigmática: un gorro ceremonial de oro repujado de la Edad de Bronce, cuya procedencia se desconoce y que, comprobamos, se decoró con referencias a los astros. Resulta curiosa su forma cónica, que recuerda a un capirote de la semana santa sevillana.

Antes de salir, nos detenemos en la tienda del museo. Nos sorprende la cantidad casi infinita de reproducciones a todos los tamaños del busto de Nefertiti. Me fijo en los precios de las reproducciones a tamaño natural allí expuestas; en una se indica que vale 5.000 euros. Me quedo horrorizado y ojiplático no por el coste en sí, sino porque la pieza está realizada de una manera muy grosera y sin demasiada fidelidad en los rasgos y especialmente en los colores, que en esta copia parecen más propios de un ninot de una falla valenciana. Pienso que estos alemanes actuales están perdiendo también el buen gusto o las maneras de la buena artesanía y, sobre todo, corren el peligro de perder el sentido y el valor de las cosas.

lunes, 22 de septiembre de 2025

Museo Arqueológico de Fuerteventura (Betancuria, Fuerteventura)

Entrada al Museo Arqueológico de Fuerteventura

Accedemos por una carretera serpenteante hasta la recóndita localidad de Betancuria, en el interior de la isla de Fuerteventura. Cuesta imaginar que aquí se estableciera la primera capital isleña tras la conquista española, pero este lugar, casi secreto, nos recuerda que durante siglos los habitantes de la isla —aborígenes o colonos europeos— tuvieron que hacer frente tanto a disputas internas como a la piratería menos hollywoodiense y más destructiva. De hecho, la lejanía de la costa no impidió que, en 1593, una incursión berberisca arrasara el enclave por completo. Hoy Betancuria parece existir para el disfrute —aparente y calculado— de los turistas, gracias a su centro histórico impecable y petrificado en el tiempo.

Llegamos tan temprano que no encontramos a casi nadie por las calles. Nos dirigimos enseguida al Museo Arqueológico, un edificio nuevo, moderno y funcional, situado en una ladera frente al casco histórico. Acaban de abrir. Nos preguntan de dónde venimos y nos recuerdan que la entrada es gratuita.

En la planta baja descubrimos la exposición permanente bajo un lema elocuente: «Donde renacen los aborígenes». Esta institución, inaugurada hace pocos años, reúne objetos y vestigios anteriores a la colonización española. La arqueología en las Islas Canarias tiene características únicas, muy distintas —es obvio— de cualquier otra parte del mundo, especialmente de la arqueología peninsular. Aquí vivieron etnias aborígenes (llamadas genéricamente guanches) que, en Lanzarote y Fuerteventura —las islas más cercanas al continente africano—, recibían el nombre de “majos” o “mahos” (origen del gentilicio majorero). Estas poblaciones sobrevivieron en una especie de prehistoria hasta la llegada de los europeos, cuando desaparecieron de manera más o menos “misteriosa” (la ironía se entiende).

El museo, con una clara vocación pedagógica, plantea preguntas que la arqueología y la historia aún no han podido responder con certeza. ¿De dónde vinieron estas poblaciones? Se barajan varias teorías: que emigraran desde el norte de África o, incluso, una más sorprendente, según la cual los romanos las habrían expulsado del continente y traído hasta aquí. Lo cierto es que se han hallado objetos romanos en la isla de Lobos, junto a la costa norte de Fuerteventura, donde, al parecer, se practicó alguna actividad minera. En el museo pueden verse fragmentos de esas vasijas romanas. También se abren interrogantes sobre si los aborígenes conocían la escritura: existen signos grabados en paredes que podrían formar un sistema rudimentario de signos. Poco se sabe igualmente de sus creencias, aunque aquí puede admirarse el célebre ídolo antropomorfo hallado en la Cueva de los Ídolos (La Oliva), una figurilla que, pese a su tamaño mínimo y a los escasos trazos con los que representa lo humano, resulta fascinante.

En la planta superior nos sorprenden dos dispositivos de realidad virtual. Al colocárnoslos, comienza una proyección inmersiva en la que asistimos a un ritual funerario dentro de una cueva aborigen. El museo dedica también un espacio a quienes excavaron e investigaron en la isla: desde Ramón F. Castañeyra, autor en 1883 de la primera publicación sobre la arqueología de Fuerteventura, hasta los arqueólogos más recientes, todos tienen aquí un lugar de reconocimiento. Desde las salas superiores se disfruta, además, de unas excelentes vistas sobre la población.

Al salir, el panorama ha cambiado por completo: la localidad se ha llenado de turistas. Varios autocares se han estacionado en la entrada y un enjambre multicolor de idiomas y vestimentas invade cada rincón, como los berberiscos del siglo XVI, aunque ahora con fines pacíficos. Para nosotros ha llegado la hora de escapar de Betancuria.



martes, 8 de octubre de 2024

Museo Arqueológico de Split (Croacia)

 

Interior del Museo
Arqueológico de Split 
Hace un calor sofocante. Sin embargo, las calles de esta ciudad asomada al Adriático están repletas de grupos de turistas que vienen y van en busca de algún resto del palacio de Diocleciano. Y acaba de llegar al puerto un gran crucero repleto de personas ávidas de caminar sobre tierra firme. Nosotros nos alejamos del centro  y pensamos que visitar un museo, con la promesa de un aire acondicionado, es una buena opción. Sin embargo, al llegar al Museo Arqueológico de Split nos llevamos la amarga sorpresa de que gran parte de las instalaciones están en el exterior o a cobijo de una galería abierta. Únicamente un gran edificio con aires historicistas tiene en su planta baja una sala de exhibición. Corremos hacia su interior. Nos encontramos que, en unas salas modernas, se ha montado una exposición identificada bajo el nombre de "Memento mori". Aquí se han reunido diferentes piezas arqueológicas encontradas en la necrópolis de Solona, cercana a Split, durante las excavaciones arqueológicas que tuvieron lugar durante la construcción de una carretera en los años 80 del pasado siglo. Así, tanto se explica el proceso de excavación arqueológica, con sus planos y dibujos, como el detalle de lo hallado.
Aunque lo más interesante para nosotros, y que hemos avistado al entrar en el museo, se encuentra en el pórtico exterior. Así que nos armamos de valor y volvemos a salir al patio del museo. Aquí, efectivamente, se encuentra una infinidad de objetos, esculturas, lápidas, etc. procedentes de diferentes lugares de la costa dálmata, mayoritariamente de época imperial romana. Y es que esta parte de la costa de Croacia se llamó Dalmacia en la Antigüedad, y formó parte del Imperio Romano. Grandes sarcófagos con decoraciones en bajorrelieve de muy buena factura, inscripciones sobre lápidas de todo tipo, ánforas de aceite o de vino, en este lugar podemos encontrar algunos de los testimonios del pasado romano de la región. 
No obstante, el mayor legado de aquella época, o el más fastuoso, se encuentra en la parte antigua de Split y  no hay que pagar entrada para verlo: se trata del palacio que el emperador Diocleciano hizo construir en este lugar. Contrariamente a lo que ha ocurrido con otros edificios romanos: que han sido desmontado a lo largo de los siglos para construir otros edificios, en Split, tras la caída del Imperio Romano, fueron los habitante de la zona quienes conservaron el palacio casi intacto al construir sus propias casas en su interior, a cobijo de los robustos muros imperiales. Hoy aquella anomalía es el principal atractivo de la ciudad y un imán para los turistas culturetas como nosotros.

https://www.armus.hr/en/

sábado, 16 de diciembre de 2023

Museo Arqueológico de Estambul (Turquía)


 







Solamente hace falta apartarse un poco de la riada de turistas que se dirigen hacia la entrada del palacio del sultán, el famoso Topkapi, para encontrarse con el magnífico edificio del Museo Arqueológico de Estambul. La primera sorpresa nos la encontramos en los jardines del museo: un rimero de grandes sarcófagos de época clásica, helenística y bizantina se distribuyen frente a la fachada, creando un bosque pétreo impresionante. Todos son magníficos y, seguramente, en otro país estarían dentro del museo y no fuera. Pero este museo tiene tantísimas obras excepcionales que, efectivamente, estos sarcófagos no tienen un lugar destacado en la historia o en la historia del arte y, por tanto, pueden quedarse a la intemperie.

Así es, este museo se encuentra junto al palacio de Topkapi porque su construcción fue promovida por los sultanes otomanos, a finales del siglo XIX, para dar cabida a la gran cantidad de colecciones arqueológicas que iban llegando desde todo aquel imperio a la capital en la gran época de los descubrimientos arqueológicos. Cabe decir que la actual Turquía es solo una parte de aquel basto imperio gobernado desde aquí, que cayó, como tantos otros, con la I Guerra Mundial. También, podríamos decir que, el tiempo trascurrido desde la creación de la moderna república (que trasladaría la capitalidad a otra ciudad turca), es solo una pequeña fracción en la historia de estos vastos territorios. Así que en el museo podremos encontrar algunos de los vestigios más significativos de las antiguas culturas que convivían o se fueron sucediendo o lucharon entre ellas en los espacios que dominó el Imperio Otomano, especialmente en Asia Menor y el Próximo Oriente. 

Al penetrar en el museo lo primero que nos encontramos es una lección pétrea y de calidad excepcional de la historia de la escultura griega: desde los arcaicos kuroi y korai vamos avanzando hacia el clasicismo más idealizando y, un poco más adelante, nos adentramos por el manierismo avant la letre de las obras de época helenística. Cada una de las estatuas aquí expuestas es de una importancia capital. Uno no puede dar un vistazo general y seguir hacia la siguiente sala, debe detenerse y admirar los detalles y dejarse llevar por una profunda impresión: deleitarse con algunos de los fundamentos del arte, y por extensión de la cultura occidental, que colocaron al ser humano como medida de todo.

Después de recorrer con admiración la gran colección de escultura griega antigua, todo lo demás podría parecer superfluo; pero debemos seguir adelante dispuestos a descubrir otras maravillas. Porque quedan más cosas excepcionales dentro del museo; las buscamos: el llamado sarcófago de Alejandro, con unos bajorrelieves fantásticos en los que se narran diferentes batallas de las campañas del macedonio en Asia; o las colecciones provenientes del yacimiento que, según Schliemann, había sido la antigua Troya (tema arqueológico cuya discusión dio para mucho en el pasado y que hoy parece olvidado u obviado en el apartado de los mitos). 

Seguimos nuestro recorrido y volvemos a maravillarnos ante los fragmentos aquí conservados de las puertas de Babilonia, con frisos de leones y grandes toros babilónicos, así como con la colección de objetos y bajorrelieves hititas, pertenecientes al enigmático pueblo que se enfrentó a los antiguo egipcios en una de las batallas más famosas de la antigüedad: Qadesh, de la que ambos bandos se consideraron vencedores, pero que acabó con el tratado del mismo nombre, nada más y nada menos que el primer tratado de paz conocido de la historia de la humanidad. Aquí es encuentran, precisamente unos pedazos de una gran tablilla que contenían la versión en lengua hitita (en escritura cuneiforme) del tratado.

Hay muchas más salas para colecciones de otras culturas anatolias, tracias, bizantinas, etc. Al fin, las plantas superiores, las colecciones de cerámica, tapicería, azulejos y arte otomano de diferentes épocas no despiertan tanto interés para nosotros.

Al salir a la soleada Estambul, entre los jardines que dan acceso del palacio de Topkapi, nos volvemos a topar con la riada de turistas que avanzan hacia la entrada del palacio. Ahora nosotros vamos en dirección contrario, de nuevo al encuentro de la ciudad milenaria, moderna, vetusta, ajada, febril, siempre nueva y antigua, puerta entre oriente y occidente, internacional y bicontinental y construida sobre capas infinitas, una ciudad eterna como Roma.

https://muze.gen.tr/muze-detay/arkeoloji


sábado, 5 de agosto de 2023

Museo del Ara Pacis (Roma, Italia)

 

Roma es la ciudad eterna, y es también la ciudad inabarcable. Capital de la Italia moderna y, sin embargo, ya lo dijo Montaigne en sus Ensayos, un francés o un español nunca se sentirán extranjeros en Roma por ser la cuna de los países latinos; a lo que yo añadiría, humildemente, que en ella no solo los pueblos de habla romance sino toda la civilización occidental tiene su origen y su punto de referencia. 
Miles de años de historia se van acumulando, capas sobre capas, para formar la ciudad actual. Son tantos los acontecimientos, tantos los monumentos y obras artísticas, que necesitaríamos toda una vida para recorrerla. No obstante, el visitante ocasional, puede hacer un recorrido parcial, poniendo el énfasis en lo que más le interese. Así, si nos centramos en la Roma arqueológica y, más concretamente, en el surgimiento del imperio romano y su consolidación a través de la llamada Pax Romana, debemos visitar ineludiblemente el Museo del Ara Pacis.
El Ara Pacis Augustae fue construido entre los años 13 y 9 a.C. como una forma de conmemorar las victorias del primer emperador de Roma, Augusto, en Hispania y Galia, que supusieron la consolidación del poder romano en todo el Mediterráneo occidental. Con ello, el gran éxito propagandístico de Augusto fue aquí celebrar y divinizar a la paz y no a la guerra. El templo, con el paso de los siglos, fue reducido a escombros y parte de sus piedras se reutilizaron para levantar otras edificaciones. No sería hasta principios del siglo XX cuando se redescubriera y comenzara su reconstrucción, que tuvo su momento álgido gracias a los esfuerzos, en sus intentos de asimilación, de Mussolini por recuperar monumentos romanos.
El templo vivió un segundo renacimiento cuando en 1995 fue incluido dentro de un edificio más amplio, obra del norteamericano Richard Meier, para su mejor preservación: el Museo del Ara Pacis, junto al Tíber.
El museo está diseñado para hacer resaltar el altar, pues se trata de una especie de galería alargada cuyas fachadas son casi totalmente acristaladas, lo que permite que la luz natural lo invada todo. El templo atrae enseguida nuestras miradas por su blancura impoluta. Realizado en mármol de Carrara, tiene una sencillez estructural sorprendente: un rectángulo elevado de dimensiones relativamente pequeñas, con una entrada y una salida. Lo que realmente resalta y llama enseguida nuestra atención es la decoración interior y exterior. Visualmente divididos en frisos, la finura tanto de los bajorrelieves florales como la representación de personas (Augusto y su familia) es de una gran perfección: belleza y naturalismo se dan aquí la mano. Nos encontramos ante un gran monumento de la antigüedad pero, en contraste con otros, no por su tamaño, sino por los detalles y la calidad de la decoración. 
Al salir, nos fijamos en los muros laterales que forman la base del edificio del museo: una parte está recubierta por textos latinos, las letras labradas en la piedra nos permiten admirar su bella simplicidad práctica, y nos recuerda la permanencia y actualmente el triunfo de la cultura romana en el mundo a través de la expansión casi universal del alfabeto latino.


martes, 10 de mayo de 2022

Museo Arqueológico de Bari (Italia)


Recorro la muralla de Bari. En uno de sus flancos, cerca del puerto moderno, que conecta esta parte de Italia gracias a numerosos ferris con Albania y Grecia, se encuentra el Museo Arqueológico, llamado de Santa Scolastica porque aquí estuvo un monasterio benedictino, destruido casi completamente para construir un baluarte militar.

Me detengo un instante frente a la puerta y una joven me pregunta si estoy esperando para la visita comentada. Le digo en español que no, pero que no me importaría unirme. La joven me sonríe, y no se percata de que no soy italiano hasta que no le doy la dirección de e-mail que me ha pedido para enviarme el recibo. Entonces me dice que la visita es en italiano, claro; no tengo problema, le respondo. Así que me uno a un grupo de 8 italianos y la guía y entramos en el museo.

La chica, que lleva colgando del cuello una acreditación, nos explica las diferentes utilidades y transformaciones que ha tenido/sufrido el edificio antes de ser museo: primero fue un monasterio (documentado ya en el 1102) y después el bastión de la muralla (del siglo XVI).

Entramos por un largo pasillo hacia la sala principal, que era el antiguo refectorio del monasterio, dedicada primero a la cerámica de épocas anteriores a la llegada de los griegos a estas costas, y a continuación a la cerámica griega de época clásica, así como su influencia en la cerámica que se hizo a partir de entonces en esta parte de la costa italiana.

Frente a un gran mapa de esta parte del sur de la península italiana, la guía nos explica dónde se han localizado las piezas que forman la colección reunida en el museo: unas son de asentamientos de población local y otras de colonias griegas. Toda esta parte fue, al fin, denominado posteriormente la Magna Grecia, pues la colonización helena llegó a ser dominante y se mantuvo hasta la expansión romano.

La cerámica griega, tanto de figuras rojas sobre fondo negro, como las de figuras negras sobre fondo rojo (más antiguas), que podemos ver en las vitrinas son de una calidad excepcional. La guía nos explica una serie de vasijas cuya decoración fue dedicada a explicar la orestiada. También algún detalle que refleja el teatro cómico popular de la época. Todas las figuras están dibujadas con una finura excepcional, me recuerdan bastante a las pinturas japonesas llamadas Ukiyo-e de época moderna. Algunas piezas se han extraído de yacimientos en la misma ciudad de Bari. La cerámica griega de época clásica dejó de tener fines utilitarios para convertirse en objeto artístico y de prestigio con el que los griegos comerciaban con todos los pueblos del mediterráneo. Algunas de estas cerámicas llegaron a ser objetos de culto, como lo demuestran las originales cerámicas encontradas en un hipogeo de Canosa de Puglia.

A continuación subimos a la segunda planta, donde encontramos diferente ajuares descubiertos en tumbas de la región. Destaca aquí la figura de un pequeño Apolo de bronce. También hay pequeños frascos de vidrio, figuritas, fíbulas y demás objetos de la vida cotidiana. Después, en un patio exterior vemos diferentes lápidas o estelas de época romana y griega.

Al fin, la guía nos lleva hasta los restos de lo que fue la antigua iglesia del monasterio, sepultados bajo la gran pared que formaba el bastión. Hoy todo se puede ver a la vez, transitando por encima de tarimas de vidrio, y comprobar como el presente se compone de varias capas históricas. Al salir del museo, la vieja Bari resplandece blanca bajo el actual sol de marzo.

http://www.museoarcheologicosantascolastica.it/index.php/it/

lunes, 14 de marzo de 2022

Museo Machado de Castro (Coímbra, Portugal)


La vieja ciudad de Coímbra se ha ido construyendo a lo largo de los siglos sobre una colina. En la parte más elevada se encuentra su famosa universidad, la más antigua de Portugal y una de las más antiguas de Europa. Y junta al histórico recinto universitario podemos encontrar el Museo Nacional de Machado de Castro en el que había sido Palacio Episcopal.

Se entra por un amplio patio. En uno de los extremos una columnata abierta hace de gran balconada, convenientemente llamada logia episcopal, desde la que asomarse a una parte de la ciudad. Abajo, el Mondego gira y sigue hacia el mar. Entramos en el museo y bajamos hasta el llamado criptopórtico romano. Debemos comenzar por el principio, es decir por la época romana, como en tantísimos lugares de la península Ibérica. Esta parte es un sitio arqueológico in situ, porque el edificio se asentó sobre las antiguas ruinas del foro romano; aquí se pueden recorrer, bajo arcos de medio punto de ladrillo, una infinidad de pasillos. Puntualmente encontramos algunos vestigios antiguos como los restos de unas esculturas clásicas, cabezas de emperadores, así como inscripciones latinas.

Seguimos el recorrido y volvemos a la primera planta, aquí está la parte más conocida del museo, donde se expone la historia de las artes y, en especial, de la imaginería religiosa portuguesa: esculturas de madera, piedra y otros materiales, así como relicarios de diferentes época, joyas y muebles de sacristías, especialmente de época medieval y barroca, provenientes de diferentes iglesias cercanas a Coímbra. En el centro se ha reconstruido el interior de una iglesia o capilla llamada del tesorero, con toda el retablo del altar y esculturas adyacentes; resulta impresionante, pero la piedra limpia, casi blanca, parece que ha perdido la pátina del tiempo y nos muestra una monumentalidad desnuda de significado, casi contemporánea. 

A continuación subimos a la segunda planta. El ambiente es calmado, apenas hay visitantes, la falta de ventanas o aperturas al exterior y la luz tenue sobre las figuras religiosas invita a la contemplación. Pero en un momento dado accedemos a una sala con un gran ventanal desde el que se ve una calle de la parte antigua de Coímbra: casas, coches y gente paseando. Resulta extraño el contraste entre el afuera luminoso y cotidiano y estos interiores llenos de santos y vírgenes olvidadas, ya convertidos en meros objetos artísticos sin función práctica o espiritual. Ante la ventana hermética, pero transparente, anhelamos de repente estar afuera en vez de este transitar religioso amortizado y clausurado en el pasado.

http://www.museumachadocastro.gov.pt/


miércoles, 20 de octubre de 2021

Museu do Côa (Vila Nova de Foz Côa, Portugal)

En 1994 el proyecto e inicio de las obras para la construcción de una presa en un lugar remoto del norte de Portugal dio a conocer al mundo una serie impresionante de grabados rupestres de época prehistórica. El gobierno portugués no quería parar las obras, la polémica abarcó a toda la comunidad internacional de especialistas en prehistoria; también los habitantes de la zona protestaron, convencidos de que la pérdida de los grabados seria irreparable. Al fin, tras unas elecciones, en 1996 el cambio de gobierno propició la paralización de las obras. En 1998 la UNESCO declaraba los grabados patrimonio de la humanidad. En el 2010 se inauguró el Museo del Côa en las cercanías de Vila Nova de Foz Côa como introducción y explicación al parque arqueológico que se había creado in situ.

Cuando llegamos al museo, nos recibe una gran pared de hormigón sobre una colina. El entorno no se deja ver. La entrada es una rampa que forma una grieta en el hormigón. Descendemos por ella hacia la oscuridad iluminada del interior del museo. Al comprar la entrada, una chica muy amable nos informan de las excursiones que se organizan para visitar los grabados prehistóricos in situ, en el parque arqueológico del Côa. Se realizan en 4x4, acompañados por un especialista. Nos apuntamos para uno de los grupos para el día siguiente. Cuando nos pide nuestros datos para reservarnos dos plazas, se da cuenta de que somos españoles y nos dice que la visita será en portugués, que si preferimos un grupo en inglés, pero le decimos que no hay problema, que preferimos que nos hablen portugués.

Pero hoy hemos venido al museo, que se define como un portal, o como se dice actualmente, como un centro de interpretación sobre los grabados del río Côa. Primero encontramos una sala donde se explica la historia de la lucha popular y científica por la conservación del patrimonio encontrado. En una gran foto, António Guterres, recién elegido primer ministro, saluda a la multitud. En otra sala se hace una introducción al arte prehistórico, en el que se conectan las obras artísticas de toda la Europa Occidental, desde Lascaux, pasando por Altamira, hasta llegar aquí, al río Côa. Cabe resaltar que este arte rupestre se ha relacionado o hermanado directamente con otros grabados al aire libre encontrados en Siega Verde, provincia de Salamanca.

Vemos reproducciones de algunos de los grabados más conocidos, complementados con una explicación sobre la fauna representada. Una de las características de estos grabados es que son acumulaciones de representaciones; es decir que sobre las mismas piedras se iban haciendo grabados, representando animales unos encima de otros, que es una característica que también presentan las pinturas en cuevas, y que aprovechan las formas y cortes de los paneles pétreos para dar forma a las cuerpos. Vistas a cierta distancia, las líneas crean una obra que más parece de arte abstracto. Pero, cuando uno se acerca, y dependiendo de la luz y de la atención que le prestemos, enseguida surgen los lomos de ciervos y las cabezas de los caballos más allá del embrollo de líneas. La natural simplicidad y el trazo sin errores nos permiten admirar un arte muy cercano a la naturaleza, moderno e intemporal, alejado por completo de los clichés del salvaje hombre prehistórico. En otra sala encontramos unos paneles interactivos, reconstrucciones de los hábitats de las personas que hicieron los grabados, etc.

Salimos del museo por el lado contrario al que hemos entrado, accedemos a unas terrazas sobre el edificio y nos encontramos con un paisaje extraordinario: a nuestros pies el río Duero pasa en calma entre colinas colmadas de viñedos, y un poco más allá se puede ver la desembocadura del río Côa en el Duero. El emplazamiento del museo es inmejorable. Efectivamente, es el portal ideal hacia las obras de arte rupestre que ahora forman el parque arqueológico que visitaremos felizmente mañana y que, durante unos años, estuvieron en peligro de desaparecer bajos las aguas de una presa.

https://arte-coa.pt/


sábado, 2 de enero de 2021

Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria (Santander)

El Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria (MUPAC) se encuentra debajo de un mercado, en el centro mismo de Santander. Nos informan de ello en la oficina de turismo que se encuentra junto a la entrada principal del mercado, pues después de dar varias vueltas no encontramos la entrada al museo. Una señora muy amablemente nos señala el suelo: el museo está aquí debajo, nos dice, y la entrada está muy cerca, en la calle lateral del mercado. Hacia allí nos dirigimos. Efectivamente, unas gran escalinata interior nos hace descender hacia la institución museística. Así nos da la bienvenida esta institución al inframundo de la arqueología.

La península ibérica es un lugar rico en yacimientos arqueológicos de todo tipo, desde la prehistoria más antigua (como los de Atapuerca), pasando por los periodos paleolíticos y neolíticos, las primeras grandes culturas de la edad del bronce y el hierro, llegando a los íberos, los celtas, los fenicios y, por supuesto, los romanos, también la edad media y moderna e, incluso, si estiramos aún más la definición de arqueología podemos incluir la industrialización y su estudio material entre sus cometidos. La comunidad autónoma que hoy llamamos Cantabria, y que hasta hace no mucho era la provincia de Santander que se incluía en la región de Castilla La Vieja, es rica en casi todos esos periodos. Pero significativamente lleva el nombre del pueblo de la antigüedad que más resistió a la romanización: los cántabros.

En este museo encontramos numerosos testimonios materiales de aquel pueblo del que se se sabe más bien poco. Aquí vemos estelas circulares, grandes piedras con símbolos solares, una reproducción de su hábitat, con una choza, materiales de la vida cotidiana como calderos, etc. 

Sin embargo, actualmente lo más conocido de estas tierras cántabras son sus famosísimas cuevas prehistóricos con pinturas. En este museo se conservar algunas de las herramientas encontradas en ellas, como puntas de flecha o hachas de piedra, así como reproducciones de algunas pinturas de cuevas como las del monte El Castillo.

El museo también cuenta con exposiciones temporales. Nosotros nos encontramos una exposición sobre el arte rupestre al aire libre encontrado en el valle del río Côa en el norte de Portugal, ampliamente divulgadas por la situación inaudita que sufrieron cuando el gobierno portugués quiso construir una presa de agua que las hacía peligrar. En grandes paneles se pueden ver fotos, explicaciones y mapas. Para mi sorpresa, estos grabados se comparan con otros encontrados al otro lado de la Raya, especialmente en la provincia de Zamora, que son poco conocidos. La prehistoria también sirve para ejemplarizar la artificialidad de las fronteras políticas.

https://www.museosdecantabria.es/museo-de-prehistoria-y-arqueologia/visitar/situacion

domingo, 8 de noviembre de 2020

Museo de Altamira (Santillana del Mar, Cantabria)


Tras visitar las cuevas del monte Castillo en Puente Viesgo  nos dirigimos a Santillana del Mar para visitar la cueva de Altamira. Bueno, la cueva en sí no, porque desde hace varias décadas es muy difícil poder entrar en ella; al parecer hay lista de espera de años, pues para su conservación se ha limitado mucho el número de visitantes. Lo que sí se puede visitar es el Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira, inaugurado en el 2001, en el que se ha hecho una reproducción, llamada neocueva, de la sala de los polícromos. Cuando llegamos, nos informan de las limitaciones debido a la covid'19: además de las limitaciones de aforo, las visitas al museo y a la neocueva han de ser con cita previa, así que nos dan unas entradas para dentro de dos horas. No está mal teniendo en cuenta que no habíamos reservado con anticipación. Aprovechamos el tiempo que falta para visitar la turistizada y pétrea Santillana del Mar. 
Volvemos a Altarmira antes de la hora indicada. El museo se encuentra muy cerca de la entrada a la cueva y se puede dar un paseo por las laderas ajardinadas. Nos acercamos así al acceso original: solo se ve una reja y una puerta detrás. Los visitantes lo vemos desde lejos, tras unas vallas; a mí me recuerda al iconostasio de las iglesias ortodoxas, adentro, a la parte sagrada, solo pueden acceder los iniciados. Muy cerca hay un monumento dedicado a los descubridores de las pinturas: Marcelino Sanz de Sautuola y especialmente su hija María, que siendo una niña fue quien se percató de la existencia de las pinturas por primera vez en época moderna, y dejó para la historia la frase: "mira papá, bueyes". 
Volvemos a la entrada del museo, obra ¿cómo no? de Juan Navarro Baldeweg, que arquitectónicamente no sobresale por nada en especial: es bastante grande pero se distribuye siguiendo la ladera de una colina en varios edificios a la manera de terrazas. En el interior del museo se puede hacer un recorrido muy didáctico por el estudio de la prehistoria: la formación geológica de las cuevas del norte de España, su conexión con otras grutas francesas, el hábitat prehistórico, las técnicas de pintura de los habitantes antiguos, etc. Hay toda una sala dedicada a Sanz de Sautuola y su hija. Se ha reproducido el despacho de don Marcelino. Me fijo en un ejemplar del opúsculo "Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander", cuya publicación en 1880 desencadenó un escándalo considerable y la negación, por parte de los darwinistas españoles y de alguna eminencia francesa en la materia, de que las pinturas de Altamira fuera realmente antiguas. 
Mientras esperamos para ver la neocueva, porque para esto también tenemos una hora asignada, vemos entrar a un grupo de personas junto a un cura joven. Va vestido de negro con alzacuellos, a la manera tradicional. Hacia mucho que no veíamos un cura vestido de esa manera, ahora se camuflan todos vistiéndose como seglares. Descansamos un rato junto a la gran puerta corrediza que una guía del museo abre para ir dejando entrar a los visitantes en esta parte del museo. Accedemos por fin con gran expectación. Pero la decepción llega enseguida, tras descender por una pasarlas en zigzag y acceder a la reproducción de la sala de los polícromos. Efectivamente, ahí están los búfalos reproducidos en el techo, pero no solo no tenemos la sensación de estar en ninguna cueva, sino que la copia de las pinturas ni siquiera nos parece buena, son pinturas sobre yeso o algún material parecido y la textura les da una apariencia de inacabadas. No soy experto en la materia, pero me atrevo a decir esto después de ver otros pinturas prehistóricas en cuevas de Francia y España y, sobre todo, tras contemplar reproducciones fotográficas de calidad en diferentes libros sobre Altamira.
Resulta evidente que los antiguos tenían maestría, y que los reproductores modernos han carecido de ella. Esta neocueva resulta ser un triste sucedáneo para todos los que nunca podremos ver el techo original de la sala de los polícromos. Salimos del museo recordando las pequeñas pinturas que habíamos visto en las cuevas del monte Castillo, apreciamos ahora más su delicadeza natural y evanescente, y su rotundo realismo.

http://www.culturaydeporte.gob.es/mnaltamira/home.html


lunes, 2 de diciembre de 2019

Parque Arqueológico y Museo de Gavà (Barcelona)

Tras pasar junto a un grupo de gente que hace cola frente a una churrería llegamos a la entrada al Parque Arqueológico de las Minas de Gavà. La gran infraestructura moderna y de diseño que alberga el parque prehistórico contrasta dramáticamente con la monotonía de los bloques de pisos que la rodean y ocultan. Además, uno esperaría que la entrada a una mina de la antigüedad estuviera en cualquier lugar menos en medio de un barrio populoso. Aquí no hay nadie esperando, así que en cuanto llega Eduardo entramos en el edificio.
Gavà creció desmesuradamente durante los años del desarrollismo, como tantas otras ciudades dormitorio en torno a Barcelona, para acoger a los miles de emigrantes que llegaban de otras partes de España. Fue entonces cuando se comenzó a urbanizar la zona llamada Can Tintoré, a mediados de los años setenta del pasado siglo, y se descubrieron una serie de pozos profundos y galerías en el subsuelo que, rápidamente, fueron identificados como de época prehistórica. Los arqueólogos estuvieron desde entonces y hasta mediados de los años noventa excavando y estudiando el yacimiento. Al finalizar sus trabajos se comenzó a dar forma al complejo del Parque Arqueológico, que se inauguró en el 2007, para permitir no solo su conservación sino también su divulgación y visita a unas minas únicas en toda Europa por su antigüedad.
Iniciamos nuestro recorrido con la esperanza no solo de un descenso hacia las profundidades sino hacia un pasado muy remoto. Pero lo primero que encontramos es una serie de cubículos donde podemos ir viendo audiovisuales en torno a la vida de nuestros ancestros prehistóricos, se nos explica cómo cazaban, cómo curtían la piel, cómo hacía puntas de flecha y hachas de piedra, cómo daban forma a la cerámica, y cómo y porqué comenzaron a excavar y explotar estas minas. También encontramos explicaciones del entorno de esta zona en época neolítica, durante el periodo en el que estuvo en explotación la mina (hace unos 6.000 años) hasta que se cubrió y desapareció cualquier recuerdo de su existencia, todo con un cariz muy educativo. Cuando, por fin, parece que vamos a entrar en el yacimiento propiamente dicho, nos encontramos que solo podemos ver una serie de pozos y galerías desde la parte superior. No obstante, como substituto, en el Parque se ha construido la reproducción de una sección subterránea de la mina. Tras ponernos y ajustarnos unos cascos amarillos de mineros, un atrezzo muy adecuado, especialmente para Eduardo por su considerable altura, bajamos por unas escaleras a unas galerías muy bien ambientadas. Unas luces convenientemente colocadas nos van descubriendo los diferentes hitos de la mina: se descubrió que algunas galería en desuso fuero utilizadas para realizar enterramientos y, por otro lado, se han colocado vetas de los diferentes materiales que se podían extraer de las minas, especialmente de la variscita, un aluminofosfato de tonalidades verdosas que se usó exclusivamente para realizar adornos.
Yo salgo del Parque Arqueológico un poco decepcionado por no haber podido entrar en las minas verdaderas. No obstante tenemos la oportunidad de ver la auténtica joya de la corona encontrada en este yacimiento, la llamada Venus de Gavà, en el museo de la localidad. Tras un breve paseo, llegamos a la entrada de la Torre Lluc, una antigua casa señorial convertida en museo en 1975. En la planta baja, una exposición temporal de pinturas en homenaje a Leonardo da Vinci, algunas pretendidamente sofisticadas y otras de trazo infantilista, me produce algo de vergüenza ajena. Al fin, en la planta superior podemos encontrar la exposición permanente: un paseo por la historia de la localidad a través de su paisaje, usos y oficios, hasta llegar a la actualidad, con algunas fotos y vestigios de la Guerra Cívil y del arrollador crecimiento urbano de los años sesenta y setenta. En la sección prehistórica nos encontramos con cerámicas encontradas en la mina, así como un cráneo trepanado. En una hornacina y sobre un pequeño pedestal se expone la Venus. Se trata de una pieza cerámica de pequeño tamaño y en color negro, encontrada a trozos en varios niveles del yacimiento y reconstruida. Destacan sus grandes ojos y sus pechos puntiagudos, así como unos bracitos que rodean su vientre. Los estudiosos han interpretado que se trata de la representación de una diosa embarazada, una divinidad de la fertilidad, muy común de la época neolítica y emparentada con otras figurillas similares encontradas por toda Europa como la venus de Willendorf o la de Lespugue. A pesar de su rudimentaria apariencia tiene la expresividad de lo auténtico.
Al salir del Museo vemos terrazas llenas de gente y recordamos que es sábado, la hora del aperitivo. Nosotros acabamos nuestra visita a la localidad comiendo una excelente paella en el restaurante de unas pistas de pádel. Es cierto, concluimos, en Gavà las cosas interesantes está siempre en lugares inesperados.

http://www.patrimonigava.cat/es

jueves, 7 de noviembre de 2019

Museo Nacional de Antropología (Ciudad de México)

Dejamos atrás el imponente Paseo de la Reforma y nos adentramos en el Bosque de Chapultepec. Este bosque, cuyo nombre hace referencia a los pequeños saltamontes o, como los llaman en México, chapulines (palabra procedente del náhuatel) es, en realidad, un inmenso pulmón verde, en medio de la mastodóntica Ciudad de México, donde podemos encontrar, además de lagos y zonas arboladas, un zoológico y un parque de atracciones, también un castillo o palacio que fue la residencia de los malogrados Maximiliano de Habsburgo y Carlota de Bélgica cuando pretendían ser los emperadores de México. Nosotros vamos directamente al Museo Nacional de Antropología.
En la explanada, frente a la fachada del Museo, una gran bandera mexicana nos da la bienvenida. Hoy es domingo y, al parecer, los mexicanos pueden entrar gratis en los museos públicos. Compramos nuestras entradas y accedemos al interior en medio de una algarabía de familias mexicanas. El edificio que alberga el Museo se distribuye en torno a un imponente patio central desde el que se puede ir entrando a las diferentes secciones. Aquí enseguida llama nuestra atención una gran columna rodeada por una cascada de agua: un prodigio de la ingeniera ya que sostiene una inmensa plataforma, como un gran paraguas, que forma un techo cuyo único apoyo es la columna misma rodeada por agua. Vemos como algunos jóvenes se acercan al pilar y atraviesan la cascada, juegan con el agua, pero enseguida llega un vigilante dando pitidos y haciendo señales para que salgan de la zona. Esta columna representa el árbol mitológico que unía con sus partes, raíces, tronco y copa, el inframundo, la tierra y el cielo en las antiguas creencias prehispánicas de las culturas mesoamericanas. Y es que este Museo se creó, precisamente, en los años sesenta del pasado siglo no solo para reunir las colecciones de arte y cultura prehispánica dispersos en diferentes edificios y museos públicos de México, sino también como gran escaparate cultural para mayor orgullo y cohesión de la nación mexicana, por lo que era imprescindible que el continente fuera igual de impresionante que el contenido. El arquitecto mexicano Pedro Ramírez Vázquez, junto a un equipo de proyectistas, museógrafos e investigadores especializados, fue el encargado de esta magna obra.
A menudo se generaliza y se reducen las culturas mesoamericanas prehispánicas a la maya y la mexica o azteca, pero en realidad una gran cantidad de pueblos convivieron, con diferentes idiomas, religiones y culturas, y en diferentes momentos, aunque con un trasfondo común, en esta región llamada Mesoamérica, que está formada hoy por México y algunos países de la América Central como Belice, Guatemala, Honduras y El Salvador.
El Museo propone, en su planta baja, un recorrido espacial por los ámbitos geográficos en los que se dieron estas culturas. Así, nos dirigimos primero a las salas dedicadas al Altiplano Central mexicano, donde se desarrolló, por ejemplo, la gran cultura de Teotihuacán y, posteriormente, las culturas tolteca y mexica. Vamos viendo, sala tras sala, una innumerable cantidad de obras excepcionales: cerámicas, esculturas, máscaras, ajuares, maquetas de edificios, hasta llegar a una gran sala central dedicada a los mexicas. Aquí sobresale el objeto más conocido del México prehispánico: llamado popularmente como piedra del sol o calendario azteca. Pero resulta que no era un calendario sino una gran piedra circular para sacrificios, aunque se representaron en ella algunos signos del calendario azteca. Destaca en un círculo central el rostro de un dios del inframundo que hace su aparición con un corazón en cada mano y cuya lengua se ha convertido en un cuchillo. Frente al gran disco, como si estuviéramos ante la Mona Lisa en el Louvre, todos los visitantes quieren hacer o hacerse una foto, así que la tenemos que admirar a cierta distancia; por suerte la piedra es grande (no como la Mona Lisa) y la cara del dios nos aterrorizada casi tanto como, imaginamos, a los que iba a ser sacrificados sobre ella. A continuación pasamos a las salas dedicadas a las culturas de la costa del golfo de México y a los famosos mayas. Aquí llaman nuestra atención un par de cabezas colosales esculpidas en piedra de la cultura olmeca y las grandes lápidas procedentes de yacimientos mayas, de una complejidad iconográfica y simbólica sobresaliente, como todo lo que caracteriza a este pueblo cuya cultura ha sobrevivido de alguna manera, pues en la península del Yucatán la población indígena aún habla la lengua maya.
En las salas de la planta superior nos encontramos una parte dedicada a la etnografía del México actual. De esta manera, el Museo quiere mostrar una cierta continuidad entre aquellas culturas antiguas y la pervivencia de los pueblos indígenas en nuestros días. Aquí ya no hay grandes esculturas, sino fotografías de hombres y mujeres practicando ritos sincréticos o festividades coloridas, también representaciones con maniquíes de vestimentas tradicionales, reproducciones de hábitats, canoas, piezas de cerámica, etc. Pero una multitud de personas se arremolina y tapona salas y pasillo: se hace cada vez más difícil avanzar. Además, los vigilantes andan nerviosos de un lado para otro advirtiendo a grito pelado que no se puede tocar nada. Cuando volvemos a salir al patio central vemos la riada de gente que sigue entrando en el Museo. Es ya casi mediodía y para nosotros ha llegado la hora de marcharse.

https://www.mna.inah.gob.mx/

domingo, 14 de julio de 2019

Museo Egipcio de El Cairo (Egipto)


El museo más impresionante y a la vez más desalentador que he visitado en mi vida es, sin duda, el Museo Egipcio, también llamado de las Antigüedades, de El Cairo. En octubre del 2004 nos apuntamos a realizar el típico viaje organizado a Egipto tan popular en aquella época: cinco días recorriendo el Nilo en barco y tres días en El Cairo. Fue el primer y el último viaje organizado al que nos hemos apuntado. A pesar de que había estudiado Geografía e Historia y me había especializado en Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología, y había estudiado especialmente la lengua jeroglífica y la Historia del Egipto antiguo de la mano del profesor Josep Padró, nunca me había decidido o había tenido la oportunidad de viajar a la cuna de los faraones. En más de una ocasión, cuando alguien me preguntaba si había estado en Egipto, yo contestaba muy pedantemente que era Egipto el que había venido a mí. Lo cierto es que el Egipto que yo había estudiado dejó de existir hacía dos milenios, a pesar de los intentos por parte de estudiosos occidentales de recuperarlo tras la famosa expedición napoleónica al país africano. No obstante, planeando nuestras vacaciones en el 2004 al fin llegó la ocasión de ir a Egipto y visitar el famoso Museo Egipcio que fue, en realidad, creado por iniciativa del egiptólogo francés Auguste Mariette, a mediado del siglo XIX, para controlar y asegurar la conservación de todas las antigüedades que se había descubierto y se seguían descubriendo en el país. Por aquella época muchas colecciones privadas y muchos museos europeos contaban ya con colecciones importantes de obras que habían salido de Egipto sin ningún control oficial o porque las autoridades egipcias de la época preferían venderlas al mejor postor. Mariette consiguió que los gobernantes del país se preocuparan de conservar un patrimonio que pertenecía a todos los egipcios. El actual Museo, en el que se reunieron gran parte de las colecciones que el estado egipcio tenía desperdigadas en diferentes edificios y museos menores, no fue inaugurado hasta 1902. El gran problema era y sigue siendo la cantidad ingente de obras a conservar; pues las expediciones y excavaciones en Egipto por parte de diferentes entidades y universidades internacionales no han dejado de realizarse, ni siquiera en los momentos de mayor peligrosidad por atentados terroristas o durante la revuelta de la primavera árabe del 2011. El Museo se encuentra, justamente, en la plaza Tahrir, el lugar en que se producían las grandes manifestaciones durante la primavera árabe en El Cairo. Cuando las televisiones ofrecían las imágenes de aquellas revueltas, se podían ver, en una esquina de la plaza, los muros rojos del Museo. Incluso hubo conatos de entrar a robar antigüedades y, según parece, alguna pieza desapareció. Las autoridades decían que eran los manifestantes, pero al parecer eran grupúsculos de la policía del viejo y corrupto Mubarak quienes habían intentado los saqueos y la población civil quienes lo habían conseguido evitar. En el 2004 cuando nosotros lo visitamos, a nuestra llegada a El Cario y después de habernos librado de continuar haciendo excursiones junto al grupo con el que habíamos ido en el crucero, las medidas de seguridad para entrar en el edificio eran parecidas a las de un aeropuerto. La primera impresión fue de agobio: las multitudes lo ocupaban todo, pero también las obras expuestas. Yo me atrevería a decir que el Museo Egipcio es el antimuseo o, al menos, lo que un museo no debería ser: la acumulación sobrecogedora de obras, un horror vacui de proporciones inimaginables. No obstante, no es una acumulación sin orden. Tras la primera impresión de desaliento y enfado, uno debe sobreponerse y entender que hay un orden establecido y lo mejor es comenzar a ver las obras por las más antiguas y hacer un recorrido temporal por los varios milenios de la historia iconográfica del Egipto antiguo. Así, pudimos ver la paleta de Narmer, donde se menciona el primer faraón de la I dinastía, primer gobernante de un Egipto unificado. También diferentes estatuas de faraones de la V dinastía, la más famosa del llamado Imperio Antiguo, como Keops y Kefrén; algunas estatuas en madera, como la del llamado Alcalde del pueblo, que impresionan por su naturalidad; sarcófagos, papiros, representaciones de dioses en mil formatos, así como mobiliarios, se van repartiendo por las salas, hasta llegar a las obras del periodo helenístico y romano, con pinturas o representaciones naturalistas, a la manera romana, de la triada formada por Osiris, Isis y Horus, con un parecido asombroso con la iconografía cristiana de José, María y Jesús. Dentro del Museo hay dos salas con acceso restringido, es decir, a las que se puede acceder pagando un extra, y que contienen, por un lado, el tesoro hallado en la tumba de Tutankamón, y, por otro, las momias de algunos de los faraones más famosos. El tesoro de Tutankamón (dinastía XVIII) es realmente impresionante: aquí se conserva el sarcófago, el mobiliario, las joyas, y especialmente la máscara funeraria que cubría la momia del rey, de oro con incrustaciones de piedras preciosas y joyas, de una belleza y perfección formal sin parangón. En cambio, la sala de las momias no resulta tan agradable, es más, yo era algo reticente a entrar en ella. No por superstición de ningún tipo, sino porque lo que se muestran son los cuerpos momificados, sin gran parte de las vendas o ropajes que los cubrían, en una especie de exhibicionismo que no aporta nada al visitante, más allá del morbo. Por otro lado, el hecho de que nos encontrábamos en un país musulmán, aquella exposición de los restos fúnebres de los faraones, aún me parecía más escandalosa: teniendo en cuenta el respeto que los musulmanes muestran hacia sus fallecidos, uno esperaría que mostraran el mismo hacia los fallecidos de otras confesiones. No es el caso ante los antiguos egipcios, que además de que eran paganos, son una de las principales fuentes de ingresos del país a través del turismo. La sala de las momias tiene una luz muy tenue, todo está enfocado hacía los cuerpos momificados dentro de unas urnas de cristal, como sus nuevos sarcófagos transparentes. Nosotros, como el resto de los visitantes, la recorrimos en un silencio religioso. Aquí están los restos de faraones del Imperio Nuevo como Ramses II, Seti I, Tutmosis II, etc. También el de la reina Hatshepsut. Realmente sobrecoge ver sus cadáveres, después de varios milenios, tan bien conservados, aunque ahora en un tristísimo e irrespetuoso destino para algunos de los hombres y mujeres más famosos de la Historia.

https://web.archive.org/web/20111125064531/http://egyptianmuseumcairo.org/

miércoles, 8 de mayo de 2019

Museo de Dubái (Emiratos Árabes Unidos)


Estamos en Al Fahidi. Se trata del verdadero barrio antiguo de Dubái: muy bien conservado o restaurado, con casas tradicionales árabes, convertidas ahora en su mayor parte en galerías de arte y restaurantes. Entramos en una de las galerías: accedemos primero a un patio interior, rodeado de habitaciones donde se exponen algunas obras, ninguna de interés artístico, tal vez únicamente decorativo. Las calles de piedra blanca, estrechas, las fachadas de un solo piso y en colores claros, nos transportan al lugar tranquilo y originario que fue Dubái hasta los años setenta. Seguimos, de sombra en sombra, hasta el Dubai Museum, que se encuentra en el interior de un antiguo fuerte, de hecho es el edificio más antiguo de la ciudad aún en pie y uno de los lugares más visitados por los turistas. Al llegar vemos como una multitud de grupos de turistas van entrando y, después, seguirán ordenadamente paseando por su interior. Oímos todos los idiomas de Europa y de Asia, aquí se podría hacer también una radiografía de todas las conexiones áreas que Emirates realiza diariamente entre Dubái y el resto del mundo. El fuerte se muestra por fuera impenetrable con sus muros altos, hecho de una mezcla curiosa de yeso y coral que le dan un tonalidad rosado, está formando un rectángulo con dos torres. Al entrar se accede a un gran patio, donde han colocado varios cañones y barcas de remos de diferentes tamaños y un viejo dhow, recuerdo de los antiguos barcos de vela árabes que surcaron los mares hacia África y hacia el sudeste asiático comerciando con especias, perlas y esclavos. Pasamos corriendo hacia las partes cubiertas, en el interior, porque el sol da de lleno en el patio, al refugio del aire acondicionado, aunque tengamos que ir como dos ovejitas más, por en medio de los rebaños de turistas. No nos importa si, a cambio, no nos achicharramos. En las diferentes estancias habilitadas como museo se muestra la vida en el antiguo Dubái, antiguo significa aquí anterior a 1971, con maniquíes de hombres y mujeres vestidos a la manera tradicional dentro del hogar, y también los oficios de pescador y buscadores de perlas, así como los comerciantes, los religiosos y los gobernadores o emires, en sus cortes hechas de jaimas en medio del desierto. En una sala se muestran antiguos vestigios arqueológicos. Es, sin duda, la parte más interesante de todo lo que se encuentra expuesto en este lugar, también la más auténtica, aquí no hay maniquíes, sino piezas de verdad, vestigios desde la prehistoria hasta  los primeros asentamientos árabes en la zona y de su comercio con otras partes del mundo antiguo, incluidas piezas fenicias, griegas y romanas. Curiosamente, en esta sala no hay prácticamente nadie, estamos solos. Las multitudes prefieren ver escaparates como los de Zara, con muñecones a la moda árabe de otra época, antes que unas piezas de cerámica o unas piedras originales, antiguas de verdad. Es así como estos vestigios, que conectan el golfo pérsico con el Mediterráneo nos hacen viajar a través del tiempo, y nos devuelven a las orillas de nuestras costas mediterráneas, nos acercan a casa… Será porque en mi niñez….que diría Joan Manuel Serrat. Antes de volver a salir a la calle, pensamos muy bien el trayecto a seguir para llegar lo antes posible a la parada de metro y no morir de calor por el camino.

http://www.dubaiculture.gov.ae/en/Live-Our-Heritage/Pages/Dubai-Museum-and-Al-Fahidi-Fort.aspx

domingo, 12 de julio de 2015

Museo de las Civilizaciones Anatólicas de Ankara (Turquía)

En numerosas ocasiones, la historia de la Antigüedad en Occidente se ha reducido a las grandes culturas como la egipcia, la griega o la romana, olvidando que una vastísima cantidad de pueblos, culturas y religiones convivieron a lo largo del Próximo Oriente y el Mediterráneo antes de la unificación en todos los ámbitos que supuso el advenimiento del Imperio Romano. La península de Anatolia (en la que se sitúa gran parte del estado turco actual) es un buen ejemplo de dicha abundancia; cuando nos aproximamos al conocimiento de su Prehistoria y de su Historia Antigua, se despliega ante nosotros una explosión extraordinaria de diversidad cultural que conecta (como no podía ser de otra manera, por su situación geográfica) las culturas mesopotámicas con las mediterráneas desde la Prehistoria hasta la Antigüedad clásica.
El Museo de las Civilizaciones Anatólicas de Ankara, fundado en 1921 y situado en dos edificios otomanos del s. XV, recoge una parte significativa de restos materiales hallados en excavaciones arqueológicas a lo largo de toda Anatolia, desde el paleolítico hasta la época romana. Especialmente interesantes resultan dos periodos en la historia de la península: por un lado el neolítico, con el importantísimo yacimiento de Çatalhöyük, y por otro con el descubrimiento de la cultura Hitita (que ocupó gran parte de Anatolia en torno a los s. XVIII y XII a.C.). En el museo podemos encontrar vestigios de ambos periodos.
La importancia y originalidad del yacimiento de Çatalhöyük, uno de los primeros centros urbanos surgidos en el neolítico y conectado con el llamado Creciente Fértil (zona en la que se originó la primera agricultura y ganadería de la humanidad) se puede apreciar también en los restos materiales conservados en el museo, tanto en su cerámica como especialmente en las figurillas femeninas, como la de una diosa sentada entre dos felinos, representación de un culto primigenio a una Diosa Madre.
Por otro lado, los hititas fueron un pueblo casi desconocido de la antigüedad hasta época reciente. Testimonios del antiguo Egipto hablaban de un gran pueblo guerrero (Hatti) que les disputó a los egipcios, en la batalla de Qadesh (1274 a.C.), su influencia en el Próximo Oriente. La tregua entre ambos bandos se firmó con el tratado de Qadesh (considerado el primer tratado de paz de la Historia). En el museo se conservan tablas cuneiformes escritas en hitita, así como estatuillas de dioses primitivos, también grandes relieves con representaciones ceremoniales que nos recuerdan a otras culturas mesopotámicas con las que los hititas compartieron numerosos rasgos culturales.
Una visita al Museo de las Civilizaciones Anatólicas es una oportunidad extraordinaria no solo de ampliar nuestros conocimientos sobre los pueblos prehistóricos y sobre la Antigüedad, sino también de tomar conciencia de que una infinidad de pueblos y civilizaciones anatólicas fueron pasando y cayendo en un olvido de siglos (como irremediablemente ha pasado en tantas otras partes del mundo) que la arqueología de los últimos decenios ha ido rescatando y dándoles la importancia que tuvieron en la Historia de la humanidad.

http://www.anadolumedeniyetlerimuzesi.gov.tr/

viernes, 13 de febrero de 2015

Museo de Historia de Barcelona

La mayor parte de los cientos de miles de turistas que recorren cada día el Barrio Gótico de Barcelona desconocen que están pisando los orígenes de una ciudad con más de 2000 años de historia; pues bajos sus pies, bajo el nivel actual del Barrio, se encuentran los restos de la ciudad romana. Además, desconocen que se pueden visitar a través del Museo de Historia de Barcelona (MUHBA), cuya entrada se encuentra en el casa Padellàs, junto a la monumental Plaza del Rei. La metrópolis mediterránea que es hoy Barcelona fue un poblado íbero, de la tribu de los layetanos, cuando los romanos entraron a dominar la Península Ibérica. En época del emperador Octavio Augusto pasó a ser colonia romana bajo la denominación Colonia Iulia Augusta Paterna Faventia Barcino, como lo atestigua una estela de época romana que hoy se conserva en el MUHBA dando, justamente, la bienvenida a los visitantes que quieren viajar en el tiempo y descender hasta la época romano de la ciudad gracias a un moderno ascensor. De esta manera, podemos recorrer el subsuelo, sobre unas pasarelas metálicas, para ver no solo los restos antiguos, especialmente de época romana y visigótica, sino también admirar las primera murallas que rodearon la ciudad antigua, así como la calzada de las calles, las canalizaciones de agua, los silos, y el interior de alguna de las viviendas con suelo de mosaico, así como los restos de las primeras comunidades cristianas establecidas en la ciudad. También podremos ver objetos de la vida cotidiana de la ciudad romana y bajo medieval. Por otro lado, el Museo tiene otras sedes donde se pueden visitar otros restos antiguos, como la vía sepulcral de la Plaza Villa de Madrid, el Templo de Augusto (en el interior de la sede del Centre Excursionista de Catalunya), o mordernos, como el refugio antiaéreo 307 de la Guerra Cívil en Poble Sec. La experiencia de recorrer los vestigios romanos de la ciudad, ocultos hasta principios del siglo XX, resulta muy curioso y nos conecta con el origen mediterráneo y cosmopolita que tiene la capital catalana.


domingo, 5 de octubre de 2014

Tumbas reales de Vergina (Grecia)

La edad de oro de la arqueología clásica para muchos acabó a la primera mitad del siglo XX, Pero, los grandes descubrimientos arqueológicos de la antigüedad, espectaculares especialmente por tratarse en su mayor parte de preciosos tesoros funerarios intactos, que fueron noticia en el mundo entero y pábulo para leyendas y mistificaciones, como el de la tumba del ínclito faraón Tutankamón (Egipto,1922), se han seguido produciendo a lo largo del siglo XX, Un ejemplo de ello es el Señor de Sipán (Perú, 1987), o las Tumbas reales de Vergina (Grecia, 1977) declaradas patrimonio de la humanidad por la UNESCO en 1996. El arqueólogo griego  Manolis Andronikos continuó  las excavaciones que venían desarrollándose desde el siglo XIX en la Macedonia Central, región norteña de la actual Grecia, en busca de la antigua capital del reino macedonio; en 1977, excavando un gran túmulo, descubrió en su interior cuatro magníficas tumbas,saqueadas ya en la antigüedad, pero una de ellas se encontraba intacta, con todos los objetos del ajuar funerario en su interior. Todo esto se puede observar in situ, hoy en día, en la población de Vergina, pues el gran túmulo se ha convertido en museo subterráneo. La infraestructura creada respeta no solo la situación de las tumbas, protegiéndolas, sino también el paisaje que creaban. La entrada es una gran rampa que desciende hacia el subsuelo y que nos predispone a un viaje hacia una oscuridad antigua. Una vez dentro, podremos seguir descendiendo hasta las puertas de las tumbas que, convenientemente iluminadas, nos da la impresión de un auténtico viaje para encontrarnos cara a cara con la antigüedad, concretamente la del siglo IV a. C. -en los momentos de máximo esplendor de aquel reino macedonio que, de la mano de Alejandro Magno, iba a conquistar y someter a toda Grecia y buena parte del Próximo Oriente y el Asia Central hasta las puertas de la India-. Las fachadas de esas tumbas, ocultas durante siglos, en estilo dórico y de mármol, conservan la pintura en todo su esplendor. También, en diferentes salas se muestran todos los objetos encontrados, un tesoro de valor incalculable que muestra un suntuoso trabajo de artesanía, con sarcófagos de mármol, joyas, vasijas, armas y armaduras, pequeñas cabezas de marfil, urnas funerarias o la famosísima arqueta de oro decorada con el sol macedónico, símbolo de aquella monarquía antigua, y que situó la tumba de Filipo II (padre de Alejandro Magno) en aquel lugar.
El visitante de Vergina podrá recorrer, en las cercanías del gran túmulo de las tumbas reales otros sitios arqueológicos, pues allí se encuentran una cincuentena de tumbas más, así como los restos de aquella capital perdida de la antigua Macedonia llamada Egas o Aigai (en griego, Αἰγεαί) con las ruinas de un palacio helenístico. Todo ello nos muestra un conjunto arqueológico impresionante que nos confirmará la importancia real y simbólica que Grecia tiene en nuestra impresión de la Antigüedad.

http://aigai.gr/en/node/16

martes, 5 de agosto de 2014

Museo Nacional Etrusco Villa Giulia de Roma

La Ciudad Eterna es, sin duda, el mejor museo del mundo al aire libre, pero también cuenta con una magnífico rosario de museos de todo tipo donde refugiarse, por ejemplo, de las inclemencias estivales de la capital italiana. La Historia y el Arte del antiguo pueblo etrusco (que pobló la actual Toscana, parte del Lacio y de otras regiones italianas, durante la llamada Edad del Hierro, y que fueron predecesores de los romanos en muchos aspectos) tiene en el Museo Nazionale Etrusco di Villa Giulia de Roma un lugar excepcional para su conocimiento.
El museo es excepcional también por el edificio en el que se encuentra, pues la Villa Giulia se construyó bajo el papado de Julio III (1550 - 1555) y es un ejemplo perfecto de una villa renacentista. Se trata de una villa residencial en la que destacaba el jardín, que combina terrazas, escalinatas, fuentes, esculturas, etc. creando una escenografía que evoca la antigüedad clásica idealizada, donde sobresalía el ninfeo, con una exquisita decoración, que se alimentaba de las aguas de un acueducto subterráneo que históricamente había llevado agua a Roma. En el diseño y la construcción de la Villa Giulia participaron los más grandes arquitectos y artistas de la época: Giorgio Vasari, Jacopo Barozzi da Vignola, Bartolomeo Ammannati, etc.
A finales del siglo XIX la Villa Giulia fue convertida en un museo para la realización de exposiciones con el material arqueológico encontrado en diferentes yacimientos de la región romana. El museo fue evolucionando con el tiempo hasta convertirse en la sede permanente del Museo Nazionale Etrusco. Cuenta en la actualidad con una extensa colección de obras de cerámica, bronce, epigrafía, escultura, expuestos por yacimientos o zonas de procedencia (Vulci, Cerveteri, Tarquinia, etc.) donde podremos admirar la maestría artesanal y artística de los antiguos etruscos, haciendo hincapié en sus sorprendentes ritos funerarios, uno de los aspectos que más han atraído al público en general hacia dicho pueblo de la antigüedad. En el museo, además, se encuentran algunas de las obras maestras que su cultura material nos ha legado y que se han convertido en sus símbolos iconográficos, como el famosísimo sarcófago de los esposos de Cerveteri (Siglo VI a. C.) o la estatua de Apolo de Veio, de terracota policromada (siglo VI a. C.).
En definitiva, el Museo Nazionale Etrusco di Villa Giulia nos depara un recorrido arquitectónico, artístico e histórico de gran interés. Por añadidura, cabe decir que al estar situado a cierta distancia del centro de Roma, se puedo disfrutar de la visita sin las aglomeraciones de turistas que asolan la Urbe.

http://www.villagiulia.beniculturali.it/

jueves, 3 de julio de 2014

Termas romanas de Bath (Inglaterra)

La coqueta y residencial ciudad de Bath, situada en el valle del río Avon, al suroeste de Inglaterra, mundialmente conocida por sus aguas termales, cuenta con uno de los testimonios arqueológicos mejor conservados de la antigüedad: sus termas romanas. Se trata de un lugar de gran valor artístico, histórico y arqueológico, en el que el visitante puede viajar en el tiempo hasta los primeros siglos de nuestra era. Las Termas romanas de Bath conservan no solo todo el sistema termal tradicional de piscinas y estancias, con la gran piscina al aire libre, rodeada por una suntuosa columnata clásica, en la que se ha conservada la base de las columnas romanas, o el llamado Baño del Rey: una piscina en la que el agua brota de manera natural a 46ºC, sino que también se puede apreciar las canalizaciones y el sistema de abastecimiento de las aguas subterráneas ideado por los romanos. Además, las Termas cuentan con una parte de museo donde se han reunido una gran cantidad de piezas: joyas, monedas, cerámicas, etc. de época antigua, celta y romana, que se han ido descubriendo a lo largo de los últimos siglos. De todas las piezas allí reunidas, destaca una cabeza de bronce dorado de la diosa Minerva, bellísima masterpiece que nos permite apreciar la calidad artística conseguida en época romana. La cabeza de Minerva se descubrió por casualidad en 1727 y se cree que provenía del templo de Sulis-Minerva existente en la localidad durante la dominación romana y que reunía -de forma sincrética- la devoción de los nativos celtas por la diosa Sulis con la romana por la diosa Minerva.
En 1987 Bath fue incluida en el listado de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y no solo por conservar tan estupendamente sus Termas romanas, sino porque la ciudad cuenta también con vestigios celtas, anteriores a los romanos, así como de otras épocas como la normanda o la tudor, hasta llegar a la época victoriana, cuando la ciudad se puso de moda entre las élites inglesas como lugar de descanso gracias a sus aguas termales, que siguen aprovechándose en la actualidad en infinidad de establecimientos hoteleros.

http://www.romanbaths.co.uk/