Un viaje al rededor de los museos

Museos pequeños, museos con encanto, museos poco conocidos, museos y/o fundaciones de mis artistas o arquitectos favoritos, museos que he tenido el gusto de visitar y que, por diferentes razones, merecerían volver a ser visitados.

Todos los textos y fotos de este blog son autoría y propiedad de Agustín Calvo Galán. Si quieres citarlos o usar las fotos, puedes hacerlo; pero, por favor, indica la procedencia y la autoría. Gracias.
Mostrando entradas con la etiqueta arte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta arte. Mostrar todas las entradas

martes, 29 de julio de 2025

Museo Víctor Balaguer (Vilanova i la Geltrú, Barcelona)

Interior del Museo
Víctor Balaguer

Un día caluroso de julio nos acercamos a Vilanova i la Geltrú para visitar la Biblioteca Museu Víctor Balaguer. El centro de la población está muy concurrido; vemos a familias pertrechadas con sombrillas y sillas plegables en dirección a la playa, y otras personas van a paso firme, incluso corriendo, hacia la cercana estación de tren. Nosotros nos quedamos frente a un edificio que parece un templo. Efectivamente, se trata de un lugar dedicado a la veneración de las artes y el saber. El contenedor del museo es, en sí, ya una declaración de intenciones: tiene una estética algo ecléctica entre neoclásica e historicista, con capiteles de inspiración egipcia. Sobre el frontispicio de la entrada podemos leer: Surge et ambula, y en el suelo: Ave. El polifacético político y escritor catalán Víctor Balaguer Cirera (1824-1901), masón y liberal, dejó gran parte de su legado en esta Biblioteca Museu que él mismo fundó en Vilanova i la Geltrú en 1884.

Entramos y seguimos teniendo la sensación de que estamos en un templo, pero ya no por el edificio o por lo que vemos, sino porque un silencio sepulcral nos rodea debido a que somos los únicos visitantes. Nos alegramos y, a la vez, nos lamentamos por ello, pues el museo promete, y no entendemos muy bien por qué es tan poco conocido fuera de Vilanova i la Geltrú. Nos sorprende aún más este desconocimiento, ya que aquí se encuentra nada más y nada menos que un depósito de obras del mismísimo Museo del Prado. Fue voluntad del propio Víctor Balaguer que así fuera.

En la primera sala, un magnífico espacio de techo altísimo con esculturas en el centro, vemos obras de autores catalanes de finales del siglo XIX, como Ramón Casas, Santiago Rusiñol y Mariano Fortuny, entre otros; también una obra historicista de juventud, de gran formato, de Sorolla. Desde allí podemos acceder a la denominada Sala Prado, evidentemente dedicada a las obras en depósito del Museo del Prado. Aquí hay una pequeña pero significativa selección del llamado Siglo de Oro del arte español: una Sagrada Familia de El Greco, pinturas de Ribera, Maíno y una preciosa vista de Bruselas con personajes históricos de Brueghel; también un par de copias de Goya de retratos reales.

Desde aquí se puede acceder a unas salas más pequeñas con diferentes piezas arqueológicas egipcias y también de otras procedencias, como América y Filipinas, lo que nos recuerda los amplios intereses intelectuales y artísticos de Víctor Balaguer, pero especialmente que llegó a ser ministro de Ultramar. En las cartelas de estas secciones se pueden leer algunas referencias críticas al colonialismo que no sabemos si son lamentos pertinentes o disculpas sin convicción.

En la segunda planta se encuentra el arte del siglo XX: desde un Anglada Camarasa muy festivo, pasando por Isidre Nonell y Joaquim Mir, hasta algunos pintores catalanes de la segunda mitad del siglo, como Pijoan, Ràfols Casamada y otros. Me llama la atención un Saura, como siempre tan tremendista, y que siempre ha tenido la virtud de atraerme y disgustarme al mismo tiempo.

Al fin, justo antes de salir, recorremos la famosa biblioteca, un espacio amplio rodeado de libros encerrados en vitrinas, y que forma parte del gran legado de Balaguer a la localidad de Vilanova i la Geltrú. Salimos de nuevo a la calle, y el sol apremiante nos hace correr hacia un nuevo refugio.

martes, 24 de octubre de 2023

Museo del Tapiz de Bayeux (Bayeux, Francia)

Entrada al Museo del Tapiz
de Bayeux

Desde mi época de estudiante de historia en la Universidad de Barcelona he querido ver el Tapiz de Bayeux, también conocido como Tapiz de la reina Matilde. Y, por fin nos encontramos en Normandía, concretamente en una ciudad pequeña y escondida, cuyo nombre resuena a través de los siglos gracias a una tela tejida con un pedacito de la Historia de Europa. Con paso firme nos acercamos al antiguo seminario de Bayeux, desde 1983 convertido en centro Guillermo el Conquistador para exponer, precisamente, el famoso tapiz. 

Al entrar en el patio del gran edificio neoclásico que forma el museo, enseguida nos damos cuenta de que, poco a poco, van accediendo, al igual que nosotros, pequeños grupos de personas que enseguida formamos una colorida cola frente a las taquillas. Me percato entonces de que aquí vienen personas de toda Europa y de todo el mundo a ver este pequeño gran testimonio conservado, milagrosamente, del pasado: detrás de nosotros oigo como una pareja habla alemán, delante tenemos unos ingleses. Más adelante oigo también como una pareja de personas negras están comprando sus entradas, les preguntan su procedencia y contestan que de Curaçao -al parecer, en español se ha de llamar Corazao a esta pequeña isla neerlandesa junto a las costas de Venezuela, pero yo prefiero mantener la grafía en papiamento, que para algo es uno de los pocos creoles del español existentes en el mundo-. Cuando nos toca a nosotros tengo que decir un, tan poco exótico, d'Espagne.

Con nuestras entradas en la mano seguimos por un largo pasillo hacia la zona en la que se nos entrega la audioguía imprescindible. Nos preguntan en qué idioma la queremos, hay 16 disponibles: en espagnol s'il vous plait. A continuación accedemos a la sala, casi a oscuras, en la que se encuentra el tapiz iluminado detrás de un cristal. 70 metros de tela nos contemplan. Los visitantes, sus lenguas y colores de piel, desaparecen: en ese lugar solo existe esta tela alargada o apaisajada. Como todo el mundo va oyendo su audioguía, hay un silencio eclesiástico lleno de murmullos muy apropiado para un lugar que antes había sigo un seminario. El tapiz está bordado con las escenas, en un continuum sin cortes, de unos acontecimientos que sucedieron hace mil años: la conquista de Inglaterra por parte del duque de Normandía, Guillermo el Conquistador. Nos fijamos en la finura y la destreza simplificadora de las escenas bordadas, en las caritas de los diferentes personajes -parece que estamos ante un cómic más que ante un tapiz medieval-, especialmente los caballos están tan sorprendentemente bien perfilados, que su protagonismo es arrebatador: son imponentes.

Al fin, la batalla de Hastings. Entonces recuerdo las palabras con las que nuestra profesora de Historia Medieval, Blanca Garí, comenzó su lección el primer día de clase: 14 de octubre de 1066, las tropas normandas de Guillermo el Conquistador se preparan para la batalla más decisiva de su tiempo. Recuerdo sus clases con emoción y entusiasmo, gracias a ella estamos hoy frente a este tapiz historiado, en un museo dedicado exclusivamente a él. Constato también que ninguna fotografía, por buena que sea, se puede substituir por estar frente a la tela misma y ver la profundidad, las texturas, los hilos, las manchas del tiempo, su inquebrantable fragilidad: la pátina de lo siglos. 

Tras recorrer lentamente todo el fluir del tapiz, subimos a un piso superior donde se ofrecen algunas informaciones sobre la época en que se creo, así como la intrahistoria de su larga existencia. Al parecer, hasta el siglo XVIII se exponía dos veces al año en la catedral de Bayeux. Durante la revolución francesa fue confiscado y escondido para evitar su destrucción. Después Napoleón pediría que se lo trajeran a su palacio de Paris a principios del siglo XIX, tal vez como propaganda para preparar una invasión de Inglaterra. Después fue devuelto a Bayeux y durante varias décadas se estuvo exponiendo una vez al año en el ayuntamiento de la ciudad. Pero ya a mediados del siglo XIX se expuso permanentemente en la sala llamada de la reina Matilde (esposa de Guillermo el Conquistador). Al comienzo de la II Guerra Mundial el ayuntamiento de Bayeux guardó el tapiz en un lugar seguro, pero en 1944, justo antes del comienzo de la batalla de Normandía, los alemanes lo reenviaron al museo del Louvre, tal vez con la intención de llevárselo a Alemania. Tras la liberación de Francia, el tapiz estuvo expuesto un una sala del Louvre antes de ser devuelto definitivamente, hasta la fehca, a Bayeux.

Al salir, el sol del verano nos deslumbra durante un instante en las calles empedradas de esta ciudad milenaria. La emoción de haber estado frente a algo extraordinario, sin embargo, perdurará indefinidamente en el tiempo. 

 https://www.bayeuxmuseum.com/la-tapisserie-de-bayeux/

martes, 22 de noviembre de 2022

Museo Belvedere (Viena, Austria)

Una ciudad como Viena apabulla: su oferta artística, histórica y arquitectónica es inabarcable, habría que vivir unos meses en la capital de Austria para completar una visión certera de todo lo que ofrece al viajero. Y los museos, obviamente, forman parte de su legado. Por todo ello, la primera vez que se visita, uno necesita seleccionar muy bien qué quiere ver en función, obviamente, de los intereses o gustos de cada cual. En nuestro caso, el pintor Gustav Klint nos atrae poderosamente, así que dirigimos nuestros pasos hacia el Museo Belvedere, situado en el interior de un palacio barroco. 

Entramos por unos grandes jardines escalonados, a la manera francesa, repletos de esculturas y de fuentes, de una exuberancia digna de la corte austrohúngara, en los que, según cuenta la historia, se celebraron grandes esponsales que unieron dinastias, se firmaron tratados y se creo la moderna república austríaca. Tras atravesar la Orangery y los jardines, nos dirigimos directamente al palacio que guarda en su interior alguna de las joyas pictóricas de la Viena de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, es decir la época de esplendor de la capital austríaca, cuando desde aquí se gobernaba un extensísimo imperio europeo multiétnico que se vino abajo estrepitosamente tras la I Guerra Mundial.

No es de extrañar, por tanto, que la colección permanente del museo cuente con algunas de las obras de arte más famosas del mundo, pero también presenta un recorrido por el arte austríaco desde la Edad Media hasta el siglo XX, dando un contexto evolutivo conveniente al arte europeo en su conjunto. Nuestros pasos se dirigen con certeza, cómo no, hacia las obras de Klint. Estamos espectantes por contemplar el archifamoso "Beso", una obra que atrae la mirada de las multitudes, y que resume perfectamente el arte de este artistas austríaco del modernismo vienés que supo ser original y revolucionario en especial gracias a la simbología de sus temas, así como a la perfecta unión entre forma y fondo, donde la belleza y el humanismo van de la mano. Pero el museo también nos muestra obras de otros insignes rompedores como Egon Schiele y sus desnudos impúdicos y perturbadores, o algunas de las obras del pionero del expresionismo y el malditismo Oskar Kokoschka, famoso también por su enfermizo romance con Alma Malher. 

Al fin, entre estas paredes no solo se puede admirar el arte de los pintores austríacos, sino también comprender su tremenda influencia posterior en el arte europeo del siglo XX.

https://www.belvedere.at/en

lunes, 17 de octubre de 2022

Museo Barberini (Potsdam, Alemania)



Los turistas suelen llegan a la ciudad alemana de Potsdam para visitar los magníficos palacios de los reyes de Prusia, como por ejemplo el famoso Sansouci. Pero esta ciudad cercana a Berlín tiene mucho más que ofrecer. Nosotros nos acercamos con el S-Bahn hasta la estación central de Potsdam, y damos un largo paseo hacia el recinto ajardinado de lo palacios que se encuentra en las afueras. Así atravesamos la ciudad. Al pasar por una gran plaza, presidida por una iglesia neoclásica con una cúpula gigante, nos fijamos en un edificio de arquitectura clásica italiana. Enseguida nos damos cuenta de que es un museo de arte y que lleva un nombre, curiosamente, también italiano: Barberini. 

Después, buscando información sobre el museo, descubro que durante la época de la RDA este lugar era un parking al aire libre. Evidentemente, como tantas ciudades alemanas, Potsdam fue reducida a escombros durante los bombardeos de la II Guerra Mundial y, después, las autoridades de la Alemania comunista no se esforzaron por devolverle su antiguo esplendor. También descubro que este edificio Barberini es, en realidad, un intento de reconstruir una parte del palacio que los reyes de Prusia tenían en el centro de la ciudad y, concretamente, un ala que llevaba ese mismo nombre. Tras la reunificación alemana, en los años 90 del siglo pasado, las nuevas autoridades quisieron que el centro de Potsdam, la plaza del Mercado, recuperara su monumentalidad. Por tanto, el museo Barberini se encuentra en un edificio completamente nuevo, construido para dar cobijo a varias colecciones de arte de algunos magnates industriales alemanes como Hasso Plattner (fundador de SAP).

El edificio fue inaugurado en el 2017, y se distribuye en 3 plantas. Subimos, con un moderno ascensor a la  más alta. para comenzar a ver la colección permanente, compuesta en su mayor parte por obras de impresionistas franceses: Monet, Pissarro, Renoir, Caillebotte, etc. pero también de Sisley; todo obras magníficas, paisajes, marinas, puertos, barcos, atardeceres llenos de luz y color. A continuación bajamos hasta la exposición temporal que se exhibe actualmente: The Shape of Freedom, se titula, dedicada al movimiento abstracto internacional posterior a 1945, aquí se han reunido para la ocasión obras de Joan Mitchell, Pollock, Rothko, Lee Krasner, y un largo etcétera. Se trata de una selección de artistas de ambos lados del Atlántico que, en los años posteriores a la II Guerra Mundial, coincidieron en la abstracción, cada uno con sus propias características, y le dieron un carácter muy cosmopolita a dicho movimiento artístico.

Salimos del museo y volvemos al clasicismo presente de Potsdam tras atravesar el arte de finales del siglo XIX y el siglo XX.

https://www.museum-barberini.de/en/


lunes, 14 de marzo de 2022

Museo Machado de Castro (Coímbra, Portugal)


La vieja ciudad de Coímbra se ha ido construyendo a lo largo de los siglos sobre una colina. En la parte más elevada se encuentra su famosa universidad, la más antigua de Portugal y una de las más antiguas de Europa. Y junta al histórico recinto universitario podemos encontrar el Museo Nacional de Machado de Castro en el que había sido Palacio Episcopal.

Se entra por un amplio patio. En uno de los extremos una columnata abierta hace de gran balconada, convenientemente llamada logia episcopal, desde la que asomarse a una parte de la ciudad. Abajo, el Mondego gira y sigue hacia el mar. Entramos en el museo y bajamos hasta el llamado criptopórtico romano. Debemos comenzar por el principio, es decir por la época romana, como en tantísimos lugares de la península Ibérica. Esta parte es un sitio arqueológico in situ, porque el edificio se asentó sobre las antiguas ruinas del foro romano; aquí se pueden recorrer, bajo arcos de medio punto de ladrillo, una infinidad de pasillos. Puntualmente encontramos algunos vestigios antiguos como los restos de unas esculturas clásicas, cabezas de emperadores, así como inscripciones latinas.

Seguimos el recorrido y volvemos a la primera planta, aquí está la parte más conocida del museo, donde se expone la historia de las artes y, en especial, de la imaginería religiosa portuguesa: esculturas de madera, piedra y otros materiales, así como relicarios de diferentes época, joyas y muebles de sacristías, especialmente de época medieval y barroca, provenientes de diferentes iglesias cercanas a Coímbra. En el centro se ha reconstruido el interior de una iglesia o capilla llamada del tesorero, con toda el retablo del altar y esculturas adyacentes; resulta impresionante, pero la piedra limpia, casi blanca, parece que ha perdido la pátina del tiempo y nos muestra una monumentalidad desnuda de significado, casi contemporánea. 

A continuación subimos a la segunda planta. El ambiente es calmado, apenas hay visitantes, la falta de ventanas o aperturas al exterior y la luz tenue sobre las figuras religiosas invita a la contemplación. Pero en un momento dado accedemos a una sala con un gran ventanal desde el que se ve una calle de la parte antigua de Coímbra: casas, coches y gente paseando. Resulta extraño el contraste entre el afuera luminoso y cotidiano y estos interiores llenos de santos y vírgenes olvidadas, ya convertidos en meros objetos artísticos sin función práctica o espiritual. Ante la ventana hermética, pero transparente, anhelamos de repente estar afuera en vez de este transitar religioso amortizado y clausurado en el pasado.

http://www.museumachadocastro.gov.pt/


miércoles, 20 de octubre de 2021

Museu do Côa (Vila Nova de Foz Côa, Portugal)

En 1994 el proyecto e inicio de las obras para la construcción de una presa en un lugar remoto del norte de Portugal dio a conocer al mundo una serie impresionante de grabados rupestres de época prehistórica. El gobierno portugués no quería parar las obras, la polémica abarcó a toda la comunidad internacional de especialistas en prehistoria; también los habitantes de la zona protestaron, convencidos de que la pérdida de los grabados seria irreparable. Al fin, tras unas elecciones, en 1996 el cambio de gobierno propició la paralización de las obras. En 1998 la UNESCO declaraba los grabados patrimonio de la humanidad. En el 2010 se inauguró el Museo del Côa en las cercanías de Vila Nova de Foz Côa como introducción y explicación al parque arqueológico que se había creado in situ.

Cuando llegamos al museo, nos recibe una gran pared de hormigón sobre una colina. El entorno no se deja ver. La entrada es una rampa que forma una grieta en el hormigón. Descendemos por ella hacia la oscuridad iluminada del interior del museo. Al comprar la entrada, una chica muy amable nos informan de las excursiones que se organizan para visitar los grabados prehistóricos in situ, en el parque arqueológico del Côa. Se realizan en 4x4, acompañados por un especialista. Nos apuntamos para uno de los grupos para el día siguiente. Cuando nos pide nuestros datos para reservarnos dos plazas, se da cuenta de que somos españoles y nos dice que la visita será en portugués, que si preferimos un grupo en inglés, pero le decimos que no hay problema, que preferimos que nos hablen portugués.

Pero hoy hemos venido al museo, que se define como un portal, o como se dice actualmente, como un centro de interpretación sobre los grabados del río Côa. Primero encontramos una sala donde se explica la historia de la lucha popular y científica por la conservación del patrimonio encontrado. En una gran foto, António Guterres, recién elegido primer ministro, saluda a la multitud. En otra sala se hace una introducción al arte prehistórico, en el que se conectan las obras artísticas de toda la Europa Occidental, desde Lascaux, pasando por Altamira, hasta llegar aquí, al río Côa. Cabe resaltar que este arte rupestre se ha relacionado o hermanado directamente con otros grabados al aire libre encontrados en Siega Verde, provincia de Salamanca.

Vemos reproducciones de algunos de los grabados más conocidos, complementados con una explicación sobre la fauna representada. Una de las características de estos grabados es que son acumulaciones de representaciones; es decir que sobre las mismas piedras se iban haciendo grabados, representando animales unos encima de otros, que es una característica que también presentan las pinturas en cuevas, y que aprovechan las formas y cortes de los paneles pétreos para dar forma a las cuerpos. Vistas a cierta distancia, las líneas crean una obra que más parece de arte abstracto. Pero, cuando uno se acerca, y dependiendo de la luz y de la atención que le prestemos, enseguida surgen los lomos de ciervos y las cabezas de los caballos más allá del embrollo de líneas. La natural simplicidad y el trazo sin errores nos permiten admirar un arte muy cercano a la naturaleza, moderno e intemporal, alejado por completo de los clichés del salvaje hombre prehistórico. En otra sala encontramos unos paneles interactivos, reconstrucciones de los hábitats de las personas que hicieron los grabados, etc.

Salimos del museo por el lado contrario al que hemos entrado, accedemos a unas terrazas sobre el edificio y nos encontramos con un paisaje extraordinario: a nuestros pies el río Duero pasa en calma entre colinas colmadas de viñedos, y un poco más allá se puede ver la desembocadura del río Côa en el Duero. El emplazamiento del museo es inmejorable. Efectivamente, es el portal ideal hacia las obras de arte rupestre que ahora forman el parque arqueológico que visitaremos felizmente mañana y que, durante unos años, estuvieron en peligro de desaparecer bajos las aguas de una presa.

https://arte-coa.pt/


martes, 8 de junio de 2021

Museo Revoltella (Trieste, Italia)

La ciudad italiana de Trieste ha sido durante muchos siglos confluencia de naciones y fronteras. Comenzó el siglo XX siendo el gran puerto del Imperio Austrohúngaro; tras la 1ª Guerra Mundial pasó a formar parte del Reino de Italia; y tras la 2ª Guerra Mundial tuvo estatus de ciudad estado independiente, pues la antigua Yugoslavia (que había ocupado, al finalizar la guerra, toda la península de Istria) la reclamaba; hasta que, por fin, en 1954 volvió a ser territorio italiano (esta vez de la República Italiana). Desde la época en que lideraba económicamente la entrada de mercancías al Imperio Austrohúngaro hasta la actualidad, la ciudad ha sufrido una lentísima y silenciosa decadencia.

Pero Trieste es famosa, además, porque en ella han nacido o residido escritores de la talla de James Joyce o Italo Svevo. Pero, para mí, su mayor embajador ha sido y sigue siendo el magnífico Claudio Magris. Es por él, por la lectura de sus libros, que hemos venido a visitar esta ciudad en el extremo de Italia. 

Uno de los atractivos de Trieste es el Museo Revoltella, Galería de Arte Moderno. Situado en un céntrico edificio de fachada algo anodina, aunque clásica. Vemos en su frontispicio unas grandes letras con la frase "CIVICO MUSEO REVOLTELLA". Según parece el origen de las colecciones de arte que en él se encuentran está en el barón Pasquale Revoltella, un insigne triestino que hizo fortuna en el siglo XIX como comerciante, convirtiéndose en uno de los mayores defensores de la construcción del Canal de Suez. 

El actual Museo fue su residencia, buena parte de la cual se conserva aún intacta. Aunque al palacio original se le han añadido edificios colindantes a lo largo del siglo XX para ir dando forma a la actual institución. Así podemos pasear por estancias suntuosas, en las que vivió la familia del barón. En la antigua biblioteca, encontramos una pequeña exposición de ediciones antiguas del Quijote de Cervantes en diferentes idiomas. Tal vez el barón se sentía un Quijote moderno, pero lamentablemente ninguna cartela o indicación nos dice nada al respecto. 

Impresiona la gran escalera central que comunica las diversas plantas. En los pisos superiores se encuentra la colección de arte. Casi todas las obras son de autores italianos contemporáneos. Amplias salas, luz natural que entra a raudales por las ventanas. El recorrido es agradable. Al fin, desde la última planta podemos salir a la terraza que corona el edificio. Las vistas son espléndidas: a un lado el puerto que dio gloria desde antiguo a esta ciudad, al otro la montaña y la frontera con la moderna Eslovenia, hoy frontera interior de la Unión Europea, en otro tiempo telón de acero infranqueable. Abajo sigue la vida febril en las calles de Trieste.

https://museorevoltella.it/


sábado, 6 de marzo de 2021

Museo Louisiana de Arte Moderno (Humlebæk, Dinamarca)


Desde Copenhague es fácil llegar al Museo Louisiana: se encuentra al norte de la capital danesa, en la pequeña localidad de Humlebæk, en un enclave junto al mar. Se puede ir en autobús, en tren o en coche particular. Nosotros nos decidimos por el tren. En las taquillas de la estación central de Copenhague se pueden comprar pases que incluyen  el viaje en tren ida y vuelta y la entrada al Museo. Así lo hacemos nosotros. La mañana es típicamente nórdica, fría y gris, invernal, es un día ideal para visitar un museo. Desde el tren vamos viendo cómo nos alejamos de la ciudad y nos adentramos en un ambiente más rural, atravesando pequeñas poblaciones y campos de cultivo. El trayecto es corto. 

El Museo fue creado por el empresario y coleccionista de arte Knud W. Jensen en 1958. Desde un principio pensó en un espacio para dar a conocer a artistas daneses, pero enseguida tuvo la feliz idea de que tenía que ser dentro de espacio museístico o una institución que ofreciera el mejor arte contemporáneo del mundo para el publico danés.

Cuando nos bajamos, es fácil encontrar nuestro destino: solo tenemos que seguir la pequeña hilera que forma la gente que acaba de bajar junto a nosotros del tren y que, en su gran mayoría, también van al Museo. Enseguida llegamos a lo que parece el jardín de una casa particular. Es la entrada, las mismas personas que han bajado del tren, y con las que hemos recorrido las calles de Humlebæk casi en fila india, ahora formamos una cola frente a esta casa. Veo entonces que la exposición temporal que podremos ver es de la artistas japonesa de Yayoi Kusama. Entre los setos del jardín, unas enormes calabazas de cerámica lucen topos y colores llamativos, es el preámbulo a lo que veremos dentro. Tras acceder al interior, podemos comenzar a ver la exposición de Kusama. Pasamos de sorpresa en sorpresa por habituaciones repletas de espejos, de topos, de pósits en los que cada cual puede escribir lo que quiera. La imaginación de esta artistas octogenaria es desbordante y muy lúdica. 

A continuación nos dirigimos a otras salas interiores y a las galerías con grandes cristaleras para ver la exposición permanente. Desde aquí ya se puede ver el exterior, especialmente el mar gris y perlado típicamente invernal. La colección del Louisiana está formada por pintura y esculturas, la mayor parte de ellas piezas de gran importancia de los grandes artistas del siglo XX. Sobresale los Bacon, Picabia, Picasso en pintura, y en escultura sobrecoge la belleza de la sala dedicada a los caminantes de Giacometti, con una gran ventana por la que se ve un jardín exuberante como telón de fondo. En otra gran sala nos topamos con "El semicírculo" de Juan Muñoz, grupo escultórico formado por una serie de figuras en forma de sonrientes hombres orientales monocromáticos a tamaño natural, entre las que podemos pasearnos. 

Ya en la parte exterior, ajardinada en diferentes terrazas sobre el mar, podemos apreciar el desarrollo arquitectónico de todo el Museo: desde una casa tradicional se ramifican las diferentes galerías en una especie de brazos o laberinto acristalado. Afuera nos encontramos las esculturas de Jean Arp, Dubuffet y Richard Serra; o los gigantescos móviles de Calder, estos crean un dramático contraste con colores llamativos y movimiento en medio de la naturaleza pausada e invernal que nos rodea. A pesar del frío, el exterior nos atrae más que los espacios interiores, repletos de visitantes.

Había leído en algún artículo que este museo, por su situación, era el más bonito del mundo. No me atrevería a decir tanto, pero sí que es uno de los más bonitos en su sabia combinación de arte, arquitectura y naturaleza.

https://louisiana.dk/en/


lunes, 7 de diciembre de 2020

Museo Nacional de Tokio (Japón)

 


Amanece en Tokio con el cielo muy oscuro. En días de lluvia lo mejor es refugiarse en algún museo que nos proporcione un techo y actividad durante varias horas. Salimos del hotel convenientemente equipados con chubasquero y paraguas, y nos dirigimos a coger un tren de la línea Yamanote que nos acerque al parque Ueno. La lluvia no cesa cuando llegamos y vamos a paso firme directos al Museo Nacional de Tokio: una gran institución museística que nos dará cobijo en este día de aguaceros otoñales. No parece que haya mucha gente comprando la entrada para acceder a su interior. Para nuestra suerte, no a todos los turistas les gusta visitar museos, ni siquiera cuando diluvia.

Entramos en el edificio principal, que data de los años treinta del pasado siglo y tiene un aire ciertamente art déco, aunque los tejados son de estilo tradicional japonés, a cuatro aguas. Lo recorremos pasando por las diferentes salas y galerías. Aquí hay desde espadas y armaduras de samuráis hasta kimonos bellísimos; también vemos piezas encontradas en yacimientos prehistóricos, como una impresionante estatuilla de cerámica del período llamado Jomon, con unos ojos gigantes: se trata de una figura femenina de anchas caderas y cintura de avispa —Venus ancestral hermanada con tantas otras, como la encontrada en Willendorf (Austria)—, mundialmente famosa porque los adalides del esoterismo galáctico internacional quieren ver en ella a un extraterrestre y no a un ser humano, y es que unos ojos inmensos en un figurilla tan pequeña le proporcionan, efectivamente, un aspecto algo raro. Otra de las artesanías que más llaman nuestra atención son las máscaras de teatro Noh, algunas del siglo XVIII, así como algunas piezas de porcelana de lo más refinadas.

También se pueden admirar paneles o biombos pintados al más puro estilo japonés. Algunas de las piezas más antiguas son paneles provenientes de China, decorados con una caligrafía de trazos muy expresivos. Al fin, encontramos una sala dedicada a la pintura japonesa de época más moderna, donde destacan las pinturas de Hokusai de tipo Ukiyo-e, que nos reconfortan y atraen poderosamente; aunque también hay lienzos de artistas contemporáneos con una evidente influencia occidental junto a los que pasamos corriendo.

Al lado del edificio principal se sitúa otro dedicado al arte oriental en general. En este encontramos una gran cantidad de estatuas budistas provenientes de toda Asia y de diferentes épocas, así como delicada porcelana china de diferentes épocas. En otra de las salas nos topamos con talismanes y objetos de adivinación, un tema que a los japoneses parece que les encanta: son muy aficionados a todo tipo de futurología, y lo más curioso de todo, al menos para nosotros, es que en muchos casos está ligada a la religión.

Antes de salir del Museo, visitamos su tienda y me compro un par de libros en inglés, uno de arte japonés y otro de estatuaria budista: me gustaría tener una idea más clara sobre la proliferación de diferentes tipos de estatuas de Buda y de bodhitsattvas que nos hemos encontrado recorriendo Japón. Demoramos nuestra salida, afuera sigue lloviendo con más intensidad si cabe. 

https://www.tnm.jp 

lunes, 5 de octubre de 2020

Centro Botín (Santander)


Una nave espacial ha aterrizado en los Jardines de Pereda de Santander, justo delante de la antigua sede del Banco de Santander. Su perfil aerodinámico es imponente, y contrasta con el clasicismo gris de la ciudad que tiene detrás. Pero no, en realidad no es ninguna nave venida de otros mundos, sino el flamante Centro Botín, inaugurado en el 2017, obra del ínclito arquitecto italiano Renzo Piano. El edificio está compuesto por dos cuerpos que se elevan del suelo por unas columnas ligeras, lo que produce la impresión de que en cualquier momento va a salir volando. Entre ambos edificios, una estructura metálica exterior, con ascensores y las escaleras de entrada, los une. Subimos por estas escaleras, después de comprobar que desde la planta baja, donde se ubica una librería y una cafetería, no se puede acceder a las plantas superiores. En la taquilla preguntamos si los clientes del Banco de Santander (ahora llamado Santander a secas, como la ciudad misma, solo que en masculino) tenemos algún descuento, pero no. Está claro que la fundación propietaria de este centro quiere distanciarse en todo del banco fundado por la familia Botín, en eso no se parece a la fundación La Caixa, en la que el negocio bancario y la obra social van unidos.

En la taquilla nos informan de las dos exposiciones que podemos visitar. La primera es de retratos: se trata de una selección de obras pertenecientes a la Fundación Botín que recorre brevemente la historia del retrato con obras de grandes pintores del siglo XX. Y digo brevemente porque esta exposición está compuesta solo por un puñado de cuadros. Es cierto que son excepcionales, pero el recorrido se nos hace corto. Aquí encontramos, nada más y nada menos que, femme espagnole (1917) de Henri Matisse; Self Portrait with injured eye (1972) de Francis Bacon; Arlequín (1918) de Juan Gris; Al baño. Valencia (1908) de Joaquín Sorolla; Mujer de rojo (1931) de Daniel Vázquez Díaz; Figura de medio cuerpo (1907) de Isidre Nonell; El constructor de caretas (1944) de José Gutiérrez Solana y Retrato de mi madre (1942) de Pancho Cossío. Nos paramos especialmente en las obras de Sorolla y, la pequeña pero llamativa, como siempre, de Bacon; entre ambas el siglo XX lo cambió casi todo de una manera muy dramática.

La segunda exposición está formada por una serie de instalaciones del artista albanés Anri Sala titulada As you go (Châteaux en Espagne). Nos deja muy impresionados una en concreto: en una gran sala se proyectan, en grandes pantallas (algunas móviles),interpretaciones musicales: unas manos tocan las teclas de un piano, a veces las manos desaparecen y el piano sigue sonando, otras los movimientos de los dedos no se corresponden con las notas que están sonando. Nos quedamos un buen rato viéndola. La instalación es espectacular, primero la observamos con distancia y respeto, después comprobamos que se nos permite meternos entre las pantallas, formar sobras sobre ellas: somos dos perfiles entre la música. Nos agrada el juego que se crea. Desde aquí también accedemos a los inmensos ventanales que dan al mar o a la ciudad, en los flancos del edificio-nave. En estas grandes salas se han colocado instalaciones más pequeñas, creando un contraste importante entre contenido y contenedor, como una pequeña caja de música, un espejo que nos refleja deformados, etc. 

Salimos del Centro Botín con la sensación de haber visitado dos exposición sumamente interesantes, aunque el edificio en sí nos ha resultado algo grandilocuente para lo que realmente contiene. 

https://www.centrobotin.org/

jueves, 2 de enero de 2020

Museo Mural Diego Rivera (Ciudad de México)

Es domingo por la tarde y la Alameda Central de Ciudad de México está repleta de puestos de comida callejera, tiendas improvisadas de todo tipo de cachivaches, desde antigüedades aztecas a máscaras de luchadores; parece que nos encontremos en un inmenso mercadillo o en una feria de pueblo. Además, una multitud de jóvenes y familias pasean ocupando los espacios vacíos entre tenderetes, setos, árboles y fuentes, creando una masa compacta de colores y formas móviles. Se hace difícil avanzar y cuesta encontrar la entrada al Museo Mural Diego Rivera, que es lo que nosotros hemos venido a ver.
Al igual que ocurre con otro mexicano famoso, el músico Agustín Lara, en México hay varios museos dedicados a Diego Rivera y a la que fuera su compañera, Frida Kahlo. Durante la primera mitad del siglo XX si hubo un artista mexicano famoso en el mundo entero ese fue Diego Rivera, mientras que la fama de Frida Kahlo creció tras su fallecimiento, y creo que actualmente ella es mucho más conocida que él, hasta me atrevería a decir que se ha convertido en un icono pop mundial.
Durante las primeras décadas del siglo XX el muralismo fue considerado el arte mexicano por antonomasia, con personalidades como Alfaro Siqueiros, Clemente Orozco  y el propio Rivera entre sus grandes representantes; durante aquella época numerosas instituciones mexicanas e internacionales los contrataban para que usaran sus paredes como lienzos. Esta variante de pintura mural no estaba basada en ninguna corriente artística en concreto sino que las conjugaba todas, según el gusto de cada artista, siempre con las vanguardias artísticas de principios de siglo como base.
Sin embargo el Museo Mural está dedicado en exclusiva a un muralista, y aunque en él se realizan exposiciones temporales en torno a la figura de Rivera, se ideó para albergar una sola de sus obras: el Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, realizado en 1947 y que estuvo expuesto en el Hotel Prado, de donde tuvo que ser rescatado, debido a que el establecimiento quedó en ruinas tras el terremoto que afectó a la ciudad en 1985, para preservarlo. El mural se trasladó en 1986, en una complicada operación para la que hizo falta construir un armazón de grandes dimensiones, y se colocó en su actual localización sin que el Museo, que se inauguró en 1988, estuviera todavía acabado.
En la taquilla para comprar la entrada nos preguntan si vamos a hacer fotos, porque entonces hay que pagar un suplemento de cinco pesos. Pero no, no tenemos intención de hacer ninguna foto. Así que entramos en la gran sala en la que se encuentra el mural de 15 metros de largo por 4 de alto y, de repente, tenemos la sensación de que el gentío que se agolpaba en la Alameda Central, y que acabamos de dejar atrás, se ha reproducido ante nosotros en un tamaño descomunal. Aunque aquí estamos ante otra multitud, atemporal y más coloristas. En unos de los lados llama nuestra atención una pantalla táctil para poder ir identificando cada una de las figuras que aparecen en el mural, que se divide en tres partes, como un tríptico clásico. En la parte más a la izquierda el autor retrató personajes históricos de la conquista y la época colonial, como Hernán Cortés o Sor Juana Inés dela Cruz; avanzamos hacia la derecha y nos encontramos con los héroes de la independencia mexicana, así como un emperador austriaco, presidentes de la República, reformadores y, finalmente, revolucionarios. En el centro un Diego Rivera niño le coge la mano a la Catrina, la representación mexicana de la muerte vestida de fiesta, formando una triada, tras ellos, su mujer Frida Kahlo. Más atrás dos literatos como Manuel Gutiérrez Nájera y José Martí se saludan levantándose los sombreros. En la tercera sección, a la derecha del mural, aparecen los campesinos de la revolución mexicana, así como representaciones de la justicia y la corrupción.
Mientras nos entretenemos señalando con un puntero cada personaje para saber quién son, vemos entrar a un grupo de personas encabezadas por un señor de apariencia excéntrica, orondo y bigotudo, con traje y sombrero panamá blanco, va explicando en voz alta algunas de las múltiples vicisitudes que ha sufrido el mural a lo largo de su existencia. Habla con engolamiento y gesticula moviendo unos brazos que parecen diminutos al lado de su enorme barriga. Por un momento tengo la sensación de que el mismísimo Diego Rivera ha vuelto a la vida para dar una charla frente a su obra. Gracias a él nos enteremos de la polémica que levantó la inclusión de la frase "Dios no existe" en el dibujo de un pergamino junto al retrato de Ignacio Ramírez, intelectual conocido como el Nigromante, quien al ingresar en la Academia de Letrán, asociación literaria mexicana decimonónica, encabezó su discurso con dicha frase. El escándalo llegó a oídos del arzobispo de Ciudad de México, que había sido invitado a la inauguración del establecimiento hotelero y quien se negó airadamente a acudir a tal evento. Años después, un grupo de estudiantes conservadores dañaron el mural, rascando tanto la frase atea como la cara de Diego Rivera. Al fin, en 1956, el muralista accedió a substituir la frase por otra que dice "Conferencia en la Academia de Letrán, el año de 1836", que hace referencia indirecta a susodicho lema. Curiosamente, tal vez por intervención divina, el gran terremoto de 1985 no afecto a la obra, que se mantuvo intacta en medio de las ruinas del Hotel Prado.

https://museomuraldiegorivera.inba.gob.mx/

lunes, 14 de octubre de 2019

Museo Nacional de Arte Moderno de Tokio (Japón)

El calor comienza a ser insoportable y pasear a pleno sol por los jardines del Palacio Imperial de Tokio no nos convence demasiado, así que con paso decidido salimos del inmenso parque en el que, ni por asomo, hemos visto lo que veníamos a ver: el palacio del emperador. Lo que sí hemos visto en la guía es que muy cerca de aquí se encuentra el Museo Nacional de Arte Moderno de Tokio, o MOMAT, y nos acercamos para verlo con la fundada esperanza de que nos acoja felizmente con, su imprescindible a estas horas, aire acondicionado. El edificio es moderno y no parece tener gran interés por fuera. Compramos la entrada en una pequeña taquilla, casi tan pequeña y camuflada en la fachada que en un primer momento no la vemos y entramos como Pedro por su casa en el Museo, pero el personal de recepción, algo sorprendidos, nos indica que primero debemos pasar por taquilla, y nunca mejor dicho. Al fin, con nuestra entrada en la mano, recorremos las salas del museo y vemos algunas obras curiosas, aunque solamente nos parecen atractivas las más genuinamente japonesas, o lo que nosotros pensamos que es genuinamente japonés: en concreto unos grandes paneles con caligrafía oriental. La escritura china y japonesa, en su variante artística, siempre me ha atraído: sus trazos rotundos y grandes, su pátina milenaria, el enigma de su significado. Seguimos por salas donde el arte contemporáneo de autores japoneses nos parecen copias de artistas contemporáneos europeos. También hay aquí unas pocas obras de autores occidentales, como un móvil de Calder y unas esculturas de Moore. En una gran estancia con sillas nos topamos con una pantalla en la que se está proyectando la grabación de una perfomance realizada en el propio museo: dos personas mueven grandes cajas de cartón vacías, las típicas para hacer mudanzas, de un lugar a otro, a veces forman una pared, otras una montaña caótica, a veces se mueven a gran velocidad y otras muy lentamente; nos resulta simpática esta representación artística o humorística del trabajo en general. A continuación subimos por unas escaleras, en el piso superior encontramos la joya de la corona del Museo: una terraza cerrada con vistas magníficas a los jardines del Palacio Imperial. Unas cómodas sillas nos permiten descansar un rato; en este lugar admiramos la amplísima perspectiva que tenemos ante nosotros: el foso con agua, que rodea todos los jardines, con los puentes por encima frente a las entradas, la inabarcable extensión verde de árboles, setos, flores y muros con grandes sillares, un pedazo de naturaleza y del Japón tradicional que contrasta aquí, en medio de la ciudad ultramoderna, con el asfalto, el vidrio y el hormigón que lo rodea por completo. Agudizamos nuestra vista, pero ni siquiera desde aquí arriba se llega a ver el palacio en el que vive la familia imperial.

https://www.momat.go.jp/english/

miércoles, 19 de junio de 2019

Fundación Maeght, Saint-Paul-de-Vence (Francia)

Tras pasar unos cuantos días recorriendo Alemania y los Países Bajos, volvemos hacia el sur desde París en un tren nocturno que nos lleva hasta la Provenza. Es agosto de 1995. En Niza tomamos un autobús de línea que nos lleva hasta el pintoresco pueblecito de Saint-Paul-de-Vence. Hemos venido hasta aquí para visitar la Fundation Marguerite et Aimé Maeght, y más concretamente la exposición estrella del verano: Bacon-Freud Expressions. No nos importa haber atravesado toda Francia en un tren sin literas, no nos importa haber dormido poquísimo, no nos importa cargar con las mochilas (que hemos podido dejar en la consigna de la estación de Niza), no nos importa alejarnos de la cosmopolita, luminosa y salina Promenade des Anglais, preferimos ir directamente a ver una exposición de arte contemporáneo. La fundación se inauguró en 1964 y es el gran legado que dejaron Marguerite y Aimé Maeght, los marchantes de arte europeos más importantes de su época. Lo primero que sobresale cuando nos acercamos a la Fundación es el edificio, obra del barcelonés universal Josep Lluis Sert. En la entrada, las bóvedas catalana nos dan la bienvenida, al igual que en la Fundación Miró de Barcelona. La arquitectura de Sert es sencilla, limpia, al servicio no de sí misma sino de lo que quiere contener, en este caso las obras de arte. Sobresalen aquí los tejados, formando inmensos canalones abiertos hacia el cielo, como grandes cuernos de bóvido, tal vez homenaje a los famosos toros de la cercana Camarga, Por el jardín vamos viendo esculturas monumentales de Miró, Braque o Calder, fuentes de Pol Bury. Nos atraen las figuras estilizadas de Giacometti, inconfundibles, estáticas o andando, son ancestrales, parecen que siempre han estado ahí, como si hubieran sido creadas en la antigüedad y, recientemente, descubiertas en un yacimiento. Pinos y esculturas, patios y cerámicas de Miro formando paredes, todo encaja de manera libre y natural, a diferentes alturas. Estamos en una ambientación muy mediterránea. En el interior, al fin encontramos la gran exposición temporal que hemos venido a ver. Pasamos un poco de largo por las obras de Lucian Freud y vamos corriendo hacia las de Francis Bacon: han traído hasta aquí algunas de las más importantes, sus deformes figuras, sus rostros reconstruidos después de haber sido destruido, nos atraen y horrorizan al mismo tiempo. No hay nada seguro en Bacon, el irlandés creaba obscenidades violentas, matéricas, bellezas imposibles, liminares, sin acomodo. Al salir, nos reencontramos con la luminosidad extrema de la Provenza. No podemos demorarnos mucho más, por la noche tenemos que coger otro tren nocturno, pero esta vez en dirección a Portbou, ahora sí de vuelta a casa.

https://www.fondation-maeght.com/

lunes, 27 de mayo de 2019

Museo de Maricel de Sitges, (Barcelona)

Llueve a mares cuando llegamos a Sitges. Hemos venido a visitar esta localidad costera con Paola, amiga y profesora de literatura española en la Universidad de Bari (Italia). La imagen icónica de esta población, el paseo marítimo y la iglesia, surge ante nosotros sumida en un mundo acuoso, de una manera conmovedora. Además, nos sorprende ver como la tormenta ha dejado las playas reducidas a la mínima expresión. Nos dirigimos a paso firme al llamado Racó de la calma, donde se ubica el Museo, para visitarlo y también ponernos a cubierto. Mientras tanto, le voy explicando a Paola que hace unos años aquí habían dos museos juntos: el Cau Ferrat y el Mar i Cel. Ahora, con muy buen criterio, se han unificado bajo el nombre de Museu de Maricel. El origen del Cau Ferrat fue la adquisición en 1893 de una casa de pescadores por parte del insigne pintor y escritor Santiago Rusiñol, para, a continuación, tirarla y construir lo que sería su taller. Aquí pintaba y almacenaba obras de arte propias o adquiridas; y a este lugar acudían habitualmente sus amigos, los artistas más insignes de la Barcelona finisecular. Toda esta parte de Sitges era a finales del siglo XIX un barrio popular. Con aquella adquisición comenzó todo un proceso de destrucción y construcción de un marco incomparable, formado por varios palacios, todos con un estilo neogótico y noble, muy en boga en pleno modernismo, que se acabaría en la década de los años 20 del siglo XX. La verdad es que el conjunto impone y atrae a los turistas. Pero, por suerte para nosotros, muy pocos entran en el Museo. La visita se inicia, precisamente, por la parte que fue del Cau Ferrat. Aquí podemos encontrar sobre todo toda la colección de forjados, muebles, cristales, cerámicas y arte de todo tipo, que Rusiñol fue adquiriendo en sus viajes por toda Cataluña. También hay alguna obra del propio Rusiñol, así como de alguno de sus más insignes amigos, como Ramón Casas, Picasso, etc. Destaca, en la gran sala central, que imita la de un castillo medieval, por encima de todo, un cuadro de El Greco: Las lágrimas de San Pedro. Como Paola tiene raíces griegas, se interesa enseguida no solo por el cuadro sino también por la reivindicación que hicieron los modernistas catalanes de la figura del pintor cretense. Después de visitar el Cau Ferrat, pasamos a la parte del antiguo museo Mar i Cel. Aquí se concentra el legado de varios coleccionistas de arte como la del doctor Jesús Pérez Rosales. Se puede ver una muestra muy variada de diferentes épocas, que van desde murales románicos y góticos pasando por obras modernistas y novecentistas, como una escultura de Josep Llimona, así como obras de Rusiñol, -con alguna de sus características pinturas de jardines españoles-, Fortuny, Casas, y también una sala con murales tremendistas y tenebristas de Josep Maria Sert, con una alegoría sobre la I Guerra Mundial. Sin embargo, el plato fuerte de la visita es el balcón con arcadas sobre el mar. Las vistas sobrecogen y en este día de tormenta aún más, porque el mar choca contra los muros del Museo, como si lo quisieran derribar. Entre los arcos del balcón, varias esculturas de figuras femeninas en calma contrastan con el movimiento de las olas del exterior. Junto al balcón han colocado la estatua original, homenaje a El Greco, iniciativa de Rusiñol y sufragada por donaciones de los habitantes de la población, que estaba situada en el paseo marítimo de Sitges. Ahora allí han puesto una reproducción, porque esta que cobija el Museo está ya muy deteriorada por la sal marina: tanto el rostro, como las manos y la golilla del pintor afincando en Toledo han quedado bastante desfigurados. El paso del tiempo y la cercanía al mar han podido con la sólida piedra, pero no con la reivindicación del genial cretense. Salimos y parece que la lluvia nos da una tregua para que podamos dar un paseo por la parte antigua de Sitges.

http://museusdesitges.cat/es/museo/maricel/museo-de-maricel

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Casa Museo Benlliure (Valencia)

Si hay una familia de artistas en la España de finales del XIX y principios del XX esa es la familia Benlliure. La Casa Museo Benlliure en la valenciana calle de Blanquerías no solo les rinde homenaje a través de sus obras, también es un buen ejemplo de una casa burguesa de aquella época. La casa fue comprada para uso familiar y como estudio por el pintor José Benlliure Gil (1852-1937), hermano del famoso escultor Mariano Benlliure (1862-1947), y padre del también pintor José Benlliure Ortíz (1884-1916), más conocido como Peppino, muerto a muy temprana edad. La casa de los Benlliure es propiedad del Ayuntamiento de Valencia desde 1958, al ser donada por la familia a cambio de que fuera dedicada a la memoria de los artistas Benlliure. Por tanto, en la Casa Museo podemos ver no solo la colección de arte de la familia, sino también visitar su intimidad: el despacho, la sala de visitas, el comedor, etc. todo acondicionado con muebles de época y donde podemos ver también obras de Sorolla y Muñoz Degrain, amigos de la familia, así como una gran cantidad de objetos de época como porcelanas, lámparas, etc,
Por la parte de atrás de la casa se acede a un amplio jardín, perfectamente conservado, -presidido por un busto en bronce del padre de los Benlliure, obra de Mariano-, en el que fueron colocadas piezas arqueológicas y religiosas, recuperadas de iglesias y conventos, que la familia atesoraba, así como paneles cerámicos típicamente valencianos. Al final del jardín se encuentra el estudio de pintura de José Benlliure, construido en 1904 con ciertos aires góticos, en él podemos sentir el recogimiento que necesitaba el artista durante la creación, así como espiar lo objetos que le rodeaban.
La ciudad de Valencia cuenta con numerosos espacios artísticos y culturales dedicados a una modernidad que, en ocasiones, resultan demasiado grandilocuentes. Sin embargo, la Casa Museo Benlliure nos devuelve al recogimiento y a la visita calmada, a la tradición artística auténtica de la ciudad gracias a una de sus familias más interesante e ilustre.

http://www.museosymonumentosvalencia.com/museos/casa-museo-benlliure/

viernes, 6 de noviembre de 2015

Museo Toulouse-Lautrec de Albí (Francia)

La coqueta ciudad de Albí, a orillas del río Tarn y a unos pocos kilómetros de Toulouse, en el sur de Francia, cuenta con un casco antiguo medieval perfectamente conservado, Patrimonio Mundial de la UNESCO, del que destacan su magnífica catedral de Santa Cecilia de ladrillo rojo y el palacio de la Barbie, antiguo palacio episcopal, a modo de fortaleza, perfecto ejemplo del poder que los obispos de Albí habían tenido en siglos pasados. Actualmente es la sede del Museo Toulouse-Lautrec. Y es que si hay en el mundo un albigense famoso no es ningún obispo, sino el más popular de los pintores bohemios de finales del s. XIX: Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901)
El Museo se creó en 1922 gracias al legado de los condes de Toulouse-Lautrec, pues el pintor había nacido en el seno de una familia noble del sur de Francia. Pasó su infancia en la campiña cercana a la ciudad de Albí, y aunque era enfermizo y sufrió un desgraciado accidente que le rompió ambos fémures y le impidió crecer adecuadamente, marchó de joven a París para seguir con su vocación de pintor. Sería en la capital francesa donde se relacionaría con los pintores impresionistas de la época y frecuentaría los locales de ocio nocturno como el Moulin de la Galette, el Moulin Rouge, Le Chat Noir, etc. Todo ello quedaría reflejado en su obra, considerada postimpresionista, donde se pintaba desde la vida cultural de los salones de la alta burguesía, pasando por la vida nocturna en los bailes populares, hasta los bajos fondos y la prostitución.
En su museo en Albí podemos encontrar una excelente muestra de sus obras. Resultan curiosos, por poco conocidos, sus primeros cuadros de juventud, donde destaca el caballo como temática campestre. Por supuesto, también podremos ver una parte importante de los cuadros sobre su vida nocturna e íntima en París, así como los magníficos carteles que marcaron una nueva época en el arte contemporáneo, con la popularización de la ilustración pública, y que influyeron tremendamente en artistas posteriores.
Henri de Toulouse-Lautrec resulta una figura fascinante y muy atrayente tanto por la vida que llevó como por su arte. No obstante, en el Museo de Albí podemos acercarnos a su figura y profundizar en un legado que sobrepasa los estereotipos que sobre él se han difundido (gracias, en parte, al cine), para volver a sorprendernos ante un artista intemporal.

http://musee-toulouse-lautrec.com/

miércoles, 7 de octubre de 2015

Centro José Guerrero de Granada

Gracias a un pasado prodigioso tanto histórica como culturalmente, Granada cuenta con un sinnúmero de atractivos artísticos y arquitectónicos mundialmente reconocidos. No obstante, una visita a la ciudad de la Alhambra también nos puede proporcionar un acercamiento al arte contemporáneo; y es que en pleno casco antiguo, junto a la catedral y a otros edificios de gran interés, en lo que fue la antigua Alcaicería (centro mercantil de época árabe, dedicado al comercio de la seda), se inauguró en el año 2000 un espacio expositivo dedicado a la cultura contemporánea: el Centro José Guerrero, una institución que lleva el nombre de un artistas granadino que vivió a caballo entre los EEUU y España: José Guerrero (1914-1991): conocedor de las vanguardias de principios de siglo XX, desarrolló, a partir de los años 50, una intensa obra pictórica muy relacionado con el expresionismo abstracto estadounidense, donde el cromatismo le permitió crear obras singulares de mucha expresividad y con muy pocos elementos formales, como el impresionante lienzo La brecha de Víznar (1966) dedicado al fusilamiento de García Lorca, que actualmente se puede contemplar en el Centro. Además, ejerció gran influencia en los artistas españoles de la segunda mitad del siglo XX, ayudando, por ejemplo, a la creación del Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca.
Por otro lado, el Centro no solo expone una amplia muestra de la obra de José Guerrero, gracias a las donaciones de la familia del pintor granadino a la Diputación de Granada tras su fallecimiento, y fomenta su conocimiento y difusión, sino que cuenta con una programación estable de exposiciones temporales de otros artistas contemporáneos y también realiza numerosas actividades como publicaciones y conferencias, siempre con el arte contemporáneo como bandera, lo que convierte al Centro no en una institución museística al uso, sino en un espacio de relación crítica con la realidad de nuestro tiempo, en la que el visitante puede ser partícipe de manera estimulante tanto de problemáticas como de experiencias en las que el arte (contemporáneo) puede y debe jugar un papel en la sociedad actual.

http://www.centroguerrero.org/

lunes, 7 de septiembre de 2015

Museu Nacional de Arte Antiga de Lisboa

Una calle con un nombre tan bonito como Rua das Janelas Verdes (de las ventanas verdes) es el lugar en el que se encuentra el Museu Nacional de Arte Antiga de Lisboa, un museo del todo singular, no solo por su situación (la plaza, frente a la fachada principal, forma un estupendo mirador sobre el río Tajo) y por el palacio del S. XVII que lo contiene, sino también por alguna de las obras que él se pueden ver. Además, a pesar de ser una gran institución al nivel de otros museo nacionales europeos, el visitante no se sentirá incomodado ni por las avalanchas de turistas ni por la cantidad ingente de obras que tanto apabullan en otros museos.
Por otro lado, el museo se creó en 1884, como institución pública, para la exhibición de obras de arte provenientes de las colecciones reales y de bienes eclesiásticos. Asimismo cuenta con unas estupendas muestras de mobiliario, escultura y cerámica, así como de tapices y piezas de vidrio que no sólo muestran la genuina raíz lusitana y europea de sus colecciones, sino también las sinergias culturales creadas al mezclarse con otras civilizaciones, debido a la expansión y el comercio portugués por todo el mundo durante varios siglos: desde el Islam, pasando por el Nuevo Mundo y finalizando en el Lejano Oriente.
Pero, sin duda, son las pinturas las verdaderas joyas de la corona de las obras exhibidas en el museo, en especial las de la escuela portuguesa: como el inmenso retrato colectivo de "Los paneles de San Vicente" de Nuno Gonçalves (S. XV) o el famosísimo retrato de "Don Sebastián" de Cristóvão de Morais (S. XVI); y, por supuesto, varias obras muy representativas de la pintura europea como "Salomé con la cabeza de San Juan Bautista" de Lucas Cranach el viejo" (s. XVI), un "San Pedro" de Francisco de Zurbarán (S.XVII), así como otras obras de Tiepolo, Pieter Hooch, Van Dyck, o Durero; y especialmente el extraordinario tríptico de "Las tentaciones de San Antonio" de El Bosco (Hieronymus van Aeken Bosch, S. XV) obra maestra que nos muestra la temática recurrente, con su iconografía característica, del pintor flamenco: la soledad del hombre frente a la maldad, la falsa belleza, las enfermedades, etc. del mundo.
En definitiva, el Museu Nacional de Arte Antiga de Lisboa nos deparará un recorrido enriquecedor y agradable por la cultura portuguesa y europea a través de algunos de sus pintores más representativos.

http://www.museudearteantiga.pt/

sábado, 10 de enero de 2015

Legion of Honor de San Francisco (EE.UU.)

Pocos museos en el mundo pueden presumir de haber aparecido en una película de Alfred Hitchcock. El Museo de Bellas Artes de San Francisco, Legion of Honor, sí: aparece en una intrigante escena de su película Vertigo -que en España se tituló: De entre los muertos- cuando el detective que encarna James Stewart sigue hasta el Museo a Madelaine -Kim Novak-, donde la encuentra mirando el retrato de una mujer que lleva su mismo peinado.
El Museo Legion of Honor sorprende, en primer lugar, por su arquitectura: un revival del estilo neoclásico francés. En su origen fue una donación a San Francisco de Alma Spreckels, prócer de la ciudad y esposa del magnate del azúcar Adolph B. Spreckels, quien se había enamorado del pabellón francés de la Exposición Internacional que se celebró en la ciudad del Pacífico en 1915 y que reproducía, a su vez, el palacio de la Legión de Honor de París del siglo XVIII. Al finalizar la Exposición consiguió que el gobierno francés le permitiría hacer una réplica permanente del edificio parisino y convenció a su marido para que lo llevara a cabo con el fin de donar a la ciudad un Museo de Bellas Artes compuesto por sus propias colecciones de arte. La I Guerra Mundial retrasó la ejecución del proyecto, que se inauguró en 1924 como homenaje a los caídos californianos en la Gran Guerra.
El Museo se encuentra lejos del centro de la ciudad, pero está situado en el magnífico Lincoln Park, desde donde podemos tener unas bellísimas vistas del famoso puente Golden Gate y de la entrada a la inmensa bahía de San Francisco. Cuando entramos, en el patio central del edificio, podemos ver una de las obras más icónicas que muestra el museo: El pensador de August Rodin; es decir, una de las reproducciones en bronce que supervisó el propio Rodin en vida, de quien los Spreckels adquirieron una gran colección de esculturas que ahora podemos admirar en varias salas del Museo, así como sus colecciones de pintura francesa de los siglos XVIII y XIX. A los largo del siglo XX el Legion of Honor fue ampliando las valiosas colecciones con las aportaciones de otros donantes de la alta sociedad californiana como Archer M. Huntington, Mildred Anna Williams y Albert Campbell Hooper, así como Roscoe y Margaret Oakes que donaron su destacada colección de arte holandés, flamenco y británico de los siglos XVII, XVIII y XIX, con obras muy representativas de, entre otros, Rembrandt, Rubens, van Dyck, y Gainsborough. Otro donante significativo fue Samuel H. Kress, quien aportó una parte de su colección con grandes obras de El Greco, Pieter de Hooch y Tiepolo. Por si todo esto fuera poco, también se incorporaron colecciones arte Antiguo y fotografía.
La cosmopolita y liberal ciudad de San Francisco cuenta con numerosos atractivos, entre ellos se encuentra, sin duda, este estupendo Museo Legion of Honor, que muestra orgulloso el legado de la alta sociedad norteamericana de principios del siglo XX, que empleó su poderío económico en la sabia adquisición de obras de Arte y que supo, a su vez, desprenderse de ellas para el enriquecimiento cultural de sus compatriotas.

http://legionofhonor.famsf.org/

jueves, 5 de junio de 2014

Museo Sorolla de Madrid

La capital de España cuenta con un buen número de grandes museos, entre los cuales alguno que podríamos considerar, indudablemente, entre los más importantes del mundo. No obstante, el visitante apabullado ante las grandes instituciones museísticas, puede encontrar en el Museo Sorolla de Madrid un espacio de dimensiones humanas, acogedor y culturalmente atractivo. La sede de dicho museo está situada en la casa que hizo construir el propio Joaquín Sorolla entre 1910 y 1911, y a partir de ese año fue residencia familiar y estudio del pintor en Madrid. El valenciano es uno de los pintores más queridos y admirados tanto a nivel popular como culto en España, cosa extraordinaria en un país que suele desdeñar de lo intelectual. Y es que Joaquín Sorolla consiguió aunar tradición cultural, costumbrismo, maestría, arte, modernidad y respeto por lo popular, ganándose para siempre el favor de los intelectuales y de las clases populares. En el Museo Sorolla de Madrid podremos encontrar pinturas, esculturas y cerámica realizadas por Joaquín Sorolla como, por ejemplo, su precioso cuadro "Madre" que conmemora el nacimiento de su hija Elena. Pero lo más interesante que nos depara este museo es que podemos ver el taller del artista: una gran sala donde se concentran objetos que el pintor reunió en vida, de ambientación evocadora; y también la parte privada: la casa en la que se desarrollaba la vida familiar y que conserva muebles, objetos personales, etc. Así que el visitante no solo puede gozar con la visión del taller y las obras allí expuestas de Sorolla, sino también transitar por una casa acomodada de principios del siglo XX. El museo se abre así como un espacio para el viaje temporal. Por último, el paseo por el jardín que rodea la casa nos deparará una agradabilísima sensación de sosiego, en contraste con la vida agitada que se desarrolla, extramuros, en el Madrid actual. En la pérgola del jardín también podemos ver el busto que Mariano Benlliure hizo del pintor, y que nos recuerda la profunda amistad que les unía.

http://museosorolla.mcu.es/