Un viaje al rededor de los museos

Museos pequeños, museos con encanto, museos poco conocidos, museos y/o fundaciones de mis artistas o arquitectos favoritos, museos que he tenido el gusto de visitar y que, por diferentes razones, merecerían volver a ser visitados.

Todos los textos y fotos de este blog son autoría y propiedad de Agustín Calvo Galán. Si quieres citarlos o usar las fotos, puedes hacerlo; pero, por favor, indica la procedencia y la autoría. Gracias.

miércoles, 1 de septiembre de 2021

Museu da Terra de Miranda (Mirando do Douro, Portugal)


Atravesamos el Duero por la carretera que pasa sobre la presa de Miranda. Ante nosotros el asfalto sube en curvas cerradas hacia Miranda do Douro. Pero enseguida llegamos a la ciudad. Abajo queda el río Duero, frontera natural entre España y Portugal, serpenteando entre los altos muros que forman aquí los llamados Arribes.

Hace un sol de justicia, caminamos por la calles en busca de algún lugar para refugiarnos. Lo encontramos rápidamente; el Museu da Terra de Miranda en la plaza Don Joao III llama nuestra atención.

Desde hace mucho esta esquina de Portugal ha despertado mi curiosidad: es la única parte del país luso que reafirma su personalidad diferenciada a través de una lengua propia: el mirandés. Enseguida me percato de que en las calles se ve algún que otro cartel bilingüe. Según parece, este idioma tiene un origen común con el asturleonés que en algún momento de la historia se hablaba desde las costas de Asturias hasta el Duero, por las tierras de Zamora, León y Salamanca. Por tanto, creo que un museo dedicado a la etnografía de esta región puede ayudarme a conocer un poco más esta realidad bilingüe actual.

El edificio parece el más antiguo de la plaza, es del siglo XVII, y conserva una arquitectura tradicional. En realidad se trata de dos edificios, uno con dos arcos y una balconada con columnas encima, y el otro más austero, muestra una inscripción y un escudo de Portugal sobre el dintel de una puerta. Todo me recuerda a la arquitectura tradicional gallega. Al parecer, había sido sede municipal y en algún momento también había servido de cárcel. Desde 1982 es la sede del Museu da Terra de Miranda.

Entramos por uno de los arcos y nos encontramos a dos señoras detrás de un mostrador. Pagamos la entrada y nos indican que podemos pasar a las salas. Una de las señora nos acompaña. Pienso primero que lo hace para guiarnos y para explicarnos algunas cosas, pero en realidad nos está vigilando, pues las piezas se exponen sin protección y el museo no dispone de videovigilancia. Las colecciones que componen el museo muestras el instrumental típico de los oficios de antaño: cacharos de cocina, telares de madera, herramientas del campo, cerámicas tradicionales, etc. En una de las salas, una gran cómoda nos llama la atención. La señora que nos acompañada a cierta distancia nos dice que se puede convertir en cama. Las cartelas en cada sala están en dos idiomas: mirandés y portugués, me fijo en lo escrito en mirandés, descubro el parecido con el poco asturiano que conozco. De repente, me llama la atención el inicio de una de las palabras con "ÇQ" y le pregunto a la señora-vigilante cómo se pronuncia. Ella se muestra algo sorprendida e incómoda con mi pregunta y me responde que no habla mirandés. 

En otras salas nos encontramos una exposición fotográfica temporal titulada "Máscaras ibéricas". Vemos en los carteles que está patrocinada por la Unión Europea, la República Portuguesa y por la Junta de Castilla y León. Efectivamente, aquí se muestran imágenes de fiestas populares en el que se usan las máscaras típicas del carnaval de diferentes parte del norte de la península. Recuerdo el entroido gallego y otras festividades ancestrales y precristianas donde las máscaras han contribuido a darles una personalidad artística propia.

Antes de salir del museo me fijo en si venden algún libro, tal vez en lengua mirandesa, pero tan solo tienen un aparador con unas pocas cosas de artesanía local. Espero y deseo que la cultura y la lengua mirandesa no haya quedado reducidas a lo que se muestra en este museo. 

https://www.visitportugal.com/es/NR/exeres/5B2AE1AF-CCEF-4C08-A809-819AE7DEB4C3

martes, 8 de junio de 2021

Museo Revoltella (Trieste, Italia)

La ciudad italiana de Trieste ha sido durante muchos siglos confluencia de naciones y fronteras. Comenzó el siglo XX siendo el gran puerto del Imperio Austrohúngaro; tras la 1ª Guerra Mundial pasó a formar parte del Reino de Italia; y tras la 2ª Guerra Mundial tuvo estatus de ciudad estado independiente, pues la antigua Yugoslavia (que había ocupado, al finalizar la guerra, toda la península de Istria) la reclamaba; hasta que, por fin, en 1954 volvió a ser territorio italiano (esta vez de la República Italiana). Desde la época en que lideraba económicamente la entrada de mercancías al Imperio Austrohúngaro hasta la actualidad, la ciudad ha sufrido una lentísima y silenciosa decadencia.

Pero Trieste es famosa, además, porque en ella han nacido o residido escritores de la talla de James Joyce o Italo Svevo. Pero, para mí, su mayor embajador ha sido y sigue siendo el magnífico Claudio Magris. Es por él, por la lectura de sus libros, que hemos venido a visitar esta ciudad en el extremo de Italia. 

Uno de los atractivos de Trieste es el Museo Revoltella, Galería de Arte Moderno. Situado en un céntrico edificio de fachada algo anodina, aunque clásica. Vemos en su frontispicio unas grandes letras con la frase "CIVICO MUSEO REVOLTELLA". Según parece el origen de las colecciones de arte que en él se encuentran está en el barón Pasquale Revoltella, un insigne triestino que hizo fortuna en el siglo XIX como comerciante, convirtiéndose en uno de los mayores defensores de la construcción del Canal de Suez. 

El actual Museo fue su residencia, buena parte de la cual se conserva aún intacta. Aunque al palacio original se le han añadido edificios colindantes a lo largo del siglo XX para ir dando forma a la actual institución. Así podemos pasear por estancias suntuosas, en las que vivió la familia del barón. En la antigua biblioteca, encontramos una pequeña exposición de ediciones antiguas del Quijote de Cervantes en diferentes idiomas. Tal vez el barón se sentía un Quijote moderno, pero lamentablemente ninguna cartela o indicación nos dice nada al respecto. 

Impresiona la gran escalera central que comunica las diversas plantas. En los pisos superiores se encuentra la colección de arte. Casi todas las obras son de autores italianos contemporáneos. Amplias salas, luz natural que entra a raudales por las ventanas. El recorrido es agradable. Al fin, desde la última planta podemos salir a la terraza que corona el edificio. Las vistas son espléndidas: a un lado el puerto que dio gloria desde antiguo a esta ciudad, al otro la montaña y la frontera con la moderna Eslovenia, hoy frontera interior de la Unión Europea, en otro tiempo telón de acero infranqueable. Abajo sigue la vida febril en las calles de Trieste.

https://museorevoltella.it/


sábado, 6 de marzo de 2021

Museo Louisiana de Arte Moderno (Humlebæk, Dinamarca)


Desde Copenhague es fácil llegar al Museo Louisiana: se encuentra al norte de la capital danesa, en la pequeña localidad de Humlebæk, en un enclave junto al mar. Se puede ir en autobús, en tren o en coche particular. Nosotros nos decidimos por el tren. En las taquillas de la estación central de Copenhague se pueden comprar pases que incluyen  el viaje en tren ida y vuelta y la entrada al Museo. Así lo hacemos nosotros. La mañana es típicamente nórdica, fría y gris, invernal, es un día ideal para visitar un museo. Desde el tren vamos viendo cómo nos alejamos de la ciudad y nos adentramos en un ambiente más rural, atravesando pequeñas poblaciones y campos de cultivo. El trayecto es corto. 

El Museo fue creado por el empresario y coleccionista de arte Knud W. Jensen en 1958. Desde un principio pensó en un espacio para dar a conocer a artistas daneses, pero enseguida tuvo la feliz idea de que tenía que ser dentro de espacio museístico o una institución que ofreciera el mejor arte contemporáneo del mundo para el publico danés.

Cuando nos bajamos, es fácil encontrar nuestro destino: solo tenemos que seguir la pequeña hilera que forma la gente que acaba de bajar junto a nosotros del tren y que, en su gran mayoría, también van al Museo. Enseguida llegamos a lo que parece el jardín de una casa particular. Es la entrada, las mismas personas que han bajado del tren, y con las que hemos recorrido las calles de Humlebæk casi en fila india, ahora formamos una cola frente a esta casa. Veo entonces que la exposición temporal que podremos ver es de la artistas japonesa de Yayoi Kusama. Entre los setos del jardín, unas enormes calabazas de cerámica lucen topos y colores llamativos, es el preámbulo a lo que veremos dentro. Tras acceder al interior, podemos comenzar a ver la exposición de Kusama. Pasamos de sorpresa en sorpresa por habituaciones repletas de espejos, de topos, de pósits en los que cada cual puede escribir lo que quiera. La imaginación de esta artistas octogenaria es desbordante y muy lúdica. 

A continuación nos dirigimos a otras salas interiores y a las galerías con grandes cristaleras para ver la exposición permanente. Desde aquí ya se puede ver el exterior, especialmente el mar gris y perlado típicamente invernal. La colección del Louisiana está formada por pintura y esculturas, la mayor parte de ellas piezas de gran importancia de los grandes artistas del siglo XX. Sobresale los Bacon, Picabia, Picasso en pintura, y en escultura sobrecoge la belleza de la sala dedicada a los caminantes de Giacometti, con una gran ventana por la que se ve un jardín exuberante como telón de fondo. En otra gran sala nos topamos con "El semicírculo" de Juan Muñoz, grupo escultórico formado por una serie de figuras en forma de sonrientes hombres orientales monocromáticos a tamaño natural, entre las que podemos pasearnos. 

Ya en la parte exterior, ajardinada en diferentes terrazas sobre el mar, podemos apreciar el desarrollo arquitectónico de todo el Museo: desde una casa tradicional se ramifican las diferentes galerías en una especie de brazos o laberinto acristalado. Afuera nos encontramos las esculturas de Jean Arp, Dubuffet y Richard Serra; o los gigantescos móviles de Calder, estos crean un dramático contraste con colores llamativos y movimiento en medio de la naturaleza pausada e invernal que nos rodea. A pesar del frío, el exterior nos atrae más que los espacios interiores, repletos de visitantes.

Había leído en algún artículo que este museo, por su situación, era el más bonito del mundo. No me atrevería a decir tanto, pero sí que es uno de los más bonitos en su sabia combinación de arte, arquitectura y naturaleza.

https://louisiana.dk/en/


sábado, 2 de enero de 2021

Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria (Santander)

El Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria (MUPAC) se encuentra debajo de un mercado, en el centro mismo de Santander. Nos informan de ello en la oficina de turismo que se encuentra junto a la entrada principal del mercado, pues después de dar varias vueltas no encontramos la entrada al museo. Una señora muy amablemente nos señala el suelo: el museo está aquí debajo, nos dice, y la entrada está muy cerca, en la calle lateral del mercado. Hacia allí nos dirigimos. Efectivamente, unas gran escalinata interior nos hace descender hacia la institución museística. Así nos da la bienvenida esta institución al inframundo de la arqueología.

La península ibérica es un lugar rico en yacimientos arqueológicos de todo tipo, desde la prehistoria más antigua (como los de Atapuerca), pasando por los periodos paleolíticos y neolíticos, las primeras grandes culturas de la edad del bronce y el hierro, llegando a los íberos, los celtas, los fenicios y, por supuesto, los romanos, también la edad media y moderna e, incluso, si estiramos aún más la definición de arqueología podemos incluir la industrialización y su estudio material entre sus cometidos. La comunidad autónoma que hoy llamamos Cantabria, y que hasta hace no mucho era la provincia de Santander que se incluía en la región de Castilla La Vieja, es rica en casi todos esos periodos. Pero significativamente lleva el nombre del pueblo de la antigüedad que más resistió a la romanización: los cántabros.

En este museo encontramos numerosos testimonios materiales de aquel pueblo del que se se sabe más bien poco. Aquí vemos estelas circulares, grandes piedras con símbolos solares, una reproducción de su hábitat, con una choza, materiales de la vida cotidiana como calderos, etc. 

Sin embargo, actualmente lo más conocido de estas tierras cántabras son sus famosísimas cuevas prehistóricos con pinturas. En este museo se conservar algunas de las herramientas encontradas en ellas, como puntas de flecha o hachas de piedra, así como reproducciones de algunas pinturas de cuevas como las del monte El Castillo.

El museo también cuenta con exposiciones temporales. Nosotros nos encontramos una exposición sobre el arte rupestre al aire libre encontrado en el valle del río Côa en el norte de Portugal, ampliamente divulgadas por la situación inaudita que sufrieron cuando el gobierno portugués quiso construir una presa de agua que las hacía peligrar. En grandes paneles se pueden ver fotos, explicaciones y mapas. Para mi sorpresa, estos grabados se comparan con otros encontrados al otro lado de la Raya, especialmente en la provincia de Zamora, que son poco conocidos. La prehistoria también sirve para ejemplarizar la artificialidad de las fronteras políticas.

https://www.museosdecantabria.es/museo-de-prehistoria-y-arqueologia/visitar/situacion

lunes, 7 de diciembre de 2020

Museo Nacional de Tokio (Japón)

 


Amanece en Tokio con el cielo muy oscuro. En días de lluvia lo mejor es refugiarse en algún museo que nos proporcione un techo y actividad durante varias horas. Salimos del hotel convenientemente equipados con chubasquero y paraguas, y nos dirigimos a coger un tren de la línea Yamanote que nos acerque al parque Ueno. La lluvia no cesa cuando llegamos y vamos a paso firme directos al Museo Nacional de Tokio: una gran institución museística que nos dará cobijo en este día de aguaceros otoñales. No parece que haya mucha gente comprando la entrada para acceder a su interior. Para nuestra suerte, no a todos los turistas les gusta visitar museos, ni siquiera cuando diluvia.

Entramos en el edificio principal, que data de los años treinta del pasado siglo y tiene un aire ciertamente art déco, aunque los tejados son de estilo tradicional japonés, a cuatro aguas. Lo recorremos pasando por las diferentes salas y galerías. Aquí hay desde espadas y armaduras de samuráis hasta kimonos bellísimos; también vemos piezas encontradas en yacimientos prehistóricos, como una impresionante estatuilla de cerámica del período llamado Jomon, con unos ojos gigantes: se trata de una figura femenina de anchas caderas y cintura de avispa Venus ancestral hermanada con tantas otras, como la encontrada en Willendorf (Austria), mundialmente famosa porque los adalides del esoterismo galáctico internacional quieren ver en ella a un extraterrestre y no a un ser humano, y es que unos ojos inmensos en un figurilla tan pequeña le proporcionan, efectivamente, un aspecto algo raro. Otra de las artesanías que más llaman nuestra atención son las máscaras de teatro Noh, algunas del siglo XVIII, así como algunas piezas de porcelana de lo más refinadas.

También se pueden admirar paneles o biombos pintados al más puro estilo japonés. Algunas de las piezas más antiguas son paneles provenientes de China, decorados con una caligrafía de trazos muy expresivos. Al fin, encontramos una sala dedicada a la pintura japonesa de época más moderna, donde destacan las pinturas de Hokusai de tipo Ukiyo-e, que nos reconfortan y atraen poderosamente; aunque también hay lienzos de artistas contemporáneos con una evidente influencia occidental junto a los que pasamos corriendo.

Al lado del edificio principal se sitúa otro dedicado al arte oriental en general. En este encontramos una gran cantidad de estatuas budistas provenientes de toda Asia y de diferentes épocas, así como delicada porcelana china de diferentes épocas. En otra de las salas nos topamos con talismanes y objetos de adivinación, un tema que a los japoneses parece que les encanta: son muy aficionados a todo tipo de futurología, y lo más curioso de todo, al menos para nosotros, es que en muchos casos está ligada a la religión.

Antes de salir del Museo, visitamos su tienda y me compro un par de libros en inglés, uno de arte japonés y otro de estatuaria budista: me gustaría tener una idea más clara sobre la proliferación de diferentes tipos de estatuas de Buda y de bodhitsattvas que nos hemos encontrado recorriendo Japón. Demoramos nuestra salida, afuera sigue lloviendo con más intensidad si cabe. 

https://www.tnm.jp 

domingo, 8 de noviembre de 2020

Museo de Altamira (Santillana del Mar, Cantabria)


Tras visitar las cuevas del monte Castillo en Puente Viesgo  nos dirigimos a Santillana del Mar para visitar la cueva de Altamira. Bueno, la cueva en sí no, porque desde hace varias décadas es muy difícil poder entrar en ella; al parecer hay lista de espera de años, pues para su conservación se ha limitado mucho el número de visitantes. Lo que sí se puede visitar es el Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira, inaugurado en el 2001, en el que se ha hecho una reproducción, llamada neocueva, de la sala de los polícromos. Cuando llegamos, nos informan de las limitaciones debido a la covid'19: además de las limitaciones de aforo, las visitas al museo y a la neocueva han de ser con cita previa, así que nos dan unas entradas para dentro de dos horas. No está mal teniendo en cuenta que no habíamos reservado con anticipación. Aprovechamos el tiempo que falta para visitar la turistizada y pétrea Santillana del Mar. 
Volvemos a Altarmira antes de la hora indicada. El museo se encuentra muy cerca de la entrada a la cueva y se puede dar un paseo por las laderas ajardinadas. Nos acercamos así al acceso original: solo se ve una reja y una puerta detrás. Los visitantes lo vemos desde lejos, tras unas vallas; a mí me recuerda al iconostasio de las iglesias ortodoxas, adentro, a la parte sagrada, solo pueden acceder los iniciados. Muy cerca hay un monumento dedicado a los descubridores de las pinturas: Marcelino Sanz de Sautuola y especialmente su hija María, que siendo una niña fue quien se percató de la existencia de las pinturas por primera vez en época moderna, y dejó para la historia la frase: "mira papá, bueyes". 
Volvemos a la entrada del museo, obra ¿cómo no? de Juan Navarro Baldeweg, que arquitectónicamente no sobresale por nada en especial: es bastante grande pero se distribuye siguiendo la ladera de una colina en varios edificios a la manera de terrazas. En el interior del museo se puede hacer un recorrido muy didáctico por el estudio de la prehistoria: la formación geológica de las cuevas del norte de España, su conexión con otras grutas francesas, el hábitat prehistórico, las técnicas de pintura de los habitantes antiguos, etc. Hay toda una sala dedicada a Sanz de Sautuola y su hija. Se ha reproducido el despacho de don Marcelino. Me fijo en un ejemplar del opúsculo "Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander", cuya publicación en 1880 desencadenó un escándalo considerable y la negación, por parte de los darwinistas españoles y de alguna eminencia francesa en la materia, de que las pinturas de Altamira fuera realmente antiguas. 
Mientras esperamos para ver la neocueva, porque para esto también tenemos una hora asignada, vemos entrar a un grupo de personas junto a un cura joven. Va vestido de negro con alzacuellos, a la manera tradicional. Hacia mucho que no veíamos un cura vestido de esa manera, ahora se camuflan todos vistiéndose como seglares. Descansamos un rato junto a la gran puerta corrediza que una guía del museo abre para ir dejando entrar a los visitantes en esta parte del museo. Accedemos por fin con gran expectación. Pero la decepción llega enseguida, tras descender por una pasarlas en zigzag y acceder a la reproducción de la sala de los polícromos. Efectivamente, ahí están los búfalos reproducidos en el techo, pero no solo no tenemos la sensación de estar en ninguna cueva, sino que la copia de las pinturas ni siquiera nos parece buena, son pinturas sobre yeso o algún material parecido y la textura les da una apariencia de inacabadas. No soy experto en la materia, pero me atrevo a decir esto después de ver otros pinturas prehistóricas en cuevas de Francia y España y, sobre todo, tras contemplar reproducciones fotográficas de calidad en diferentes libros sobre Altamira.
Resulta evidente que los antiguos tenían maestría, y que los reproductores modernos han carecido de ella. Esta neocueva resulta ser un triste sucedáneo para todos los que nunca podremos ver el techo original de la sala de los polícromos. Salimos del museo recordando las pequeñas pinturas que habíamos visto en las cuevas del monte Castillo, apreciamos ahora más su delicadeza natural y evanescente, y su rotundo realismo.

http://www.culturaydeporte.gob.es/mnaltamira/home.html