Un viaje al rededor de los museos

Museos pequeños, museos con encanto, museos poco conocidos, museos y/o fundaciones de mis artistas o arquitectos favoritos, museos que he tenido el gusto de visitar y que, por diferentes razones, merecerían volver a ser visitados.

Todos los textos y fotos de este blog son autoría y propiedad de Agustín Calvo Galán. Si quieres citarlos o usar las fotos, puedes hacerlo; pero, por favor, indica la procedencia y la autoría. Gracias.

jueves, 22 de agosto de 2019

Casa Museo de los ingleses de Punta Umbría (Huelva)


La población de Punta Umbría (Huelva) es de sobras conocida por ser una localidad turística, Su privilegiada situación, en un lengua de tierra entre el río Odiel y el golfo de Cádiz, la convierte en un lugar ideal para la segundas residencias de sevillanos y onubenses, también como pueblo pesquero. Además, destaca por conservar, aún, grandes zonas con dunas salvajes y pinares, reminiscencias de un territorio antes de su reciente urbanización; pero también por su animada vida cultural, gracias al Teatro del Mar: un espacio cultural de una dimensiones envidiables hasta para una ciudad mediana. Nosotros hemos tenido la oportunidad de conocerla gracias a la feria de editores independientes, EDITA, que se celebra allí cada mes de mayo. Entre el 2007 y el 2010 acudí a dicha feria. Durante aquellos años pude visitar una de las curiosidades de Punta Umbría, la Casa Museo de los Ingleses, un edificio singular que viene a recordar las casas que construyó la Riotinto Company Limited para sus trabajadores británicos.
La presencia británica en la provincia de Huelva se remonta a finales del siglo XIX, cuando  la explotación de las minas de Río Tinto se concedió a una compañía inglesa. A principios del siglo XX dicha compañía construyó 14 casas cerca del mar, sobre las dunas de Punta Umbría, para que sus empleados descasaran durante los tórridos veranos o por enfermedad. La actual Casa Museo de los Ingleses es una reconstrucción moderna de aquellas casa construidas a principios del siglo XX para solaz de los británicos. Desgraciadamente no ha quedado ninguna de las casa en pie: cuando la compañía inglesa dejó de explotar las minas de Río Tinto se vendió todas sus propiedades y las casas fueron derruidas para, ¿cómo no?, la construcción de bloques de apartamentos. La casas tenían una característica común: estaban elevadas sobre pilones para evitar que las dunas de arena las pudiera cubrir. Además, contaban con una amplia veranda que las rodeaba. Su apariencia era, indudablemente exótica.
Así, la Casa Museo actual reproduce estas características, su singularidad se acrecienta o resalta al estar rodeada de edificios modernos y anodinos de apartamentos. En el interior se conservan algunos muebles de época y se puede hacer un recorrido didáctico con paneles que explican la presencia de los ingleses en Punta Umbría, sus aportaciones y también sus comportamientos y normas a menudo con un componente de colonizadores que, incluso, pretendía evitar que hubiera matrimonios mixtos entre ingleses y españolas. No sabemos hasta qué punto la presencia en inglesa ha dejado huella o recuerdo en la provincia de Huelva, pero sigue estando viva en diferentes ámbitos como esta Casa Museo o, por ejemplo, en el deporte, pues el club de fútbol de la capital, el Recreativo de Huelva, fue fundado por ingleses.


domingo, 14 de julio de 2019

Museo Egipcio de El Cairo (Egipto)


El museo más impresionante y a la vez más desalentador que he visitado en mi vida es, sin duda, el Museo Egipcio, también llamado de las Antigüedades, de El Cairo. En octubre del 2004 nos apuntamos a realizar el típico viaje organizado a Egipto tan popular en aquella época: cinco días recorriendo el Nilo en barco y tres días en El Cairo. Fue el primer y el último viaje organizado al que nos hemos apuntado. A pesar de que había estudiado Geografía e Historia y me había especializado en Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología, y había estudiado especialmente la lengua jeroglífica y la Historia del Egipto antiguo de la mano del profesor Josep Padró, nunca me había decidido o había tenido la oportunidad de viajar a la cuna de los faraones. En más de una ocasión, cuando alguien me preguntaba si había estado en Egipto, yo contestaba muy pedantemente que era Egipto el que había venido a mí. Lo cierto es que el Egipto que yo había estudiado dejó de existir hacía dos milenios, a pesar de los intentos por parte de estudiosos occidentales de recuperarlo tras la famosa expedición napoleónica al país africano. No obstante, planeando nuestras vacaciones en el 2004 al fin llegó la ocasión de ir a Egipto y visitar el famoso Museo Egipcio que fue, en realidad, creado por iniciativa del egiptólogo francés Auguste Mariette, a mediado del siglo XIX, para controlar y asegurar la conservación de todas las antigüedades que se había descubierto y se seguían descubriendo en el país. Por aquella época muchas colecciones privadas y muchos museos europeos contaban ya con colecciones importantes de obras que habían salido de Egipto sin ningún control oficial o porque las autoridades egipcias de la época preferían venderlas al mejor postor. Mariette consiguió que los gobernantes del país se preocuparan de conservar un patrimonio que pertenecía a todos los egipcios. El actual Museo, en el que se reunieron gran parte de las colecciones que el estado egipcio tenía desperdigadas en diferentes edificios y museos menores, no fue inaugurado hasta 1902. El gran problema era y sigue siendo la cantidad ingente de obras a conservar; pues las expediciones y excavaciones en Egipto por parte de diferentes entidades y universidades internacionales no han dejado de realizarse, ni siquiera en los momentos de mayor peligrosidad por atentados terroristas o durante la revuelta de la primavera árabe del 2011. El Museo se encuentra, justamente, en la plaza Tahrir, el lugar en que se producían las grandes manifestaciones durante la primavera árabe en El Cairo. Cuando las televisiones ofrecían las imágenes de aquellas revueltas, se podían ver, en una esquina de la plaza, los muros rojos del Museo. Incluso hubo conatos de entrar a robar antigüedades y, según parece, alguna pieza desapareció. Las autoridades decían que eran los manifestantes, pero al parecer eran grupúsculos de la policía del viejo y corrupto Mubarak quienes habían intentado los saqueos y la población civil quienes lo habían conseguido evitar. En el 2004 cuando nosotros lo visitamos, a nuestra llegada a El Cario y después de habernos librado de continuar haciendo excursiones junto al grupo con el que habíamos ido en el crucero, las medidas de seguridad para entrar en el edificio eran parecidas a las de un aeropuerto. La primera impresión fue de agobio: las multitudes lo ocupaban todo, pero también las obras expuestas. Yo me atrevería a decir que el Museo Egipcio es el antimuseo o, al menos, lo que un museo no debería ser: la acumulación sobrecogedora de obras, un horror vacui de proporciones inimaginables. No obstante, no es una acumulación sin orden. Tras la primera impresión de desaliento y enfado, uno debe sobreponerse y entender que hay un orden establecido y lo mejor es comenzar a ver las obras por las más antiguas y hacer un recorrido temporal por los varios milenios de la historia iconográfica del Egipto antiguo. Así, pudimos ver la paleta de Narmer, donde se menciona el primer faraón de la I dinastía, primer gobernante de un Egipto unificado. También diferentes estatuas de faraones de la V dinastía, la más famosa del llamado Imperio Antiguo, como Keops y Kefrén; algunas estatuas en madera, como la del llamado Alcalde del pueblo, que impresionan por su naturalidad; sarcófagos, papiros, representaciones de dioses en mil formatos, así como mobiliarios, se van repartiendo por las salas, hasta llegar a las obras del periodo helenístico y romano, con pinturas o representaciones naturalistas, a la manera romana, de la triada formada por Osiris, Isis y Horus, con un parecido asombroso con la iconografía cristiana de José, María y Jesús. Dentro del Museo hay dos salas con acceso restringido, es decir, a las que se puede acceder pagando un extra, y que contienen, por un lado, el tesoro hallado en la tumba de Tutankamón, y, por otro, las momias de algunos de los faraones más famosos. El tesoro de Tutankamón (dinastía XVIII) es realmente impresionante: aquí se conserva el sarcófago, el mobiliario, las joyas, y especialmente la máscara funeraria que cubría la momia del rey, de oro con incrustaciones de piedras preciosas y joyas, de una belleza y perfección formal sin parangón. En cambio, la sala de las momias no resulta tan agradable, es más, yo era algo reticente a entrar en ella. No por superstición de ningún tipo, sino porque lo que se muestran son los cuerpos momificados, sin gran parte de las vendas o ropajes que los cubrían, en una especie de exhibicionismo que no aporta nada al visitante, más allá del morbo. Por otro lado, el hecho de que nos encontrábamos en un país musulmán, aquella exposición de los restos fúnebres de los faraones, aún me parecía más escandalosa: teniendo en cuenta el respeto que los musulmanes muestran hacia sus fallecidos, uno esperaría que mostraran el mismo hacia los fallecidos de otras confesiones. No es el caso ante los antiguos egipcios, que además de que eran paganos, son una de las principales fuentes de ingresos del país a través del turismo. La sala de las momias tiene una luz muy tenue, todo está enfocado hacía los cuerpos momificados dentro de unas urnas de cristal, como sus nuevos sarcófagos transparentes. Nosotros, como el resto de los visitantes, la recorrimos en un silencio religioso. Aquí están los restos de faraones del Imperio Nuevo como Ramses II, Seti I, Tutmosis II, etc. También el de la reina Hatshepsut. Realmente sobrecoge ver sus cadáveres, después de varios milenios, tan bien conservados, aunque ahora en un tristísimo e irrespetuoso destino para algunos de los hombres y mujeres más famosos de la Historia.

https://web.archive.org/web/20111125064531/http://egyptianmuseumcairo.org/

miércoles, 19 de junio de 2019

Fundación Maeght, Saint-Paul-de-Vence (Francia)

Tras pasar unos cuantos días recorriendo Alemania y los Países Bajos, volvemos hacia el sur desde París en un tren nocturno que nos lleva hasta la Provenza. Es agosto de 1995. En Niza tomamos un autobús de línea que nos lleva hasta el pintoresco pueblecito de Saint-Paul-de-Vence. Hemos venido hasta aquí para visitar la Fundation Marguerite et Aimé Maeght, y más concretamente la exposición estrella del verano: Bacon-Freud Expressions. No nos importa haber atravesado toda Francia en un tren sin literas, no nos importa haber dormido poquísimo, no nos importa cargar con las mochilas (que hemos podido dejar en la consigna de la estación de Niza), no nos importa alejarnos de la cosmopolita, luminosa y salina Promenade des Anglais, preferimos ir directamente a ver una exposición de arte contemporáneo. La fundación se inauguró en 1964 y es el gran legado que dejaron Marguerite y Aimé Maeght, los marchantes de arte europeos más importantes de su época. Lo primero que sobresale cuando nos acercamos a la Fundación es el edificio, obra del barcelonés universal Josep Lluis Sert. En la entrada, las bóvedas catalana nos dan la bienvenida, al igual que en la Fundación Miró de Barcelona. La arquitectura de Sert es sencilla, limpia, al servicio no de sí misma sino de lo que quiere contener, en este caso las obras de arte. Sobresalen aquí los tejados, formando inmensos canalones abiertos hacia el cielo, como grandes cuernos de bóvido, tal vez homenaje a los famosos toros de la cercana Camarga, Por el jardín vamos viendo esculturas monumentales de Miró, Braque o Calder, fuentes de Pol Bury. Nos atraen las figuras estilizadas de Giacometti, inconfundibles, estáticas o andando, son ancestrales, parecen que siempre han estado ahí, como si hubieran sido creadas en la antigüedad y, recientemente, descubiertas en un yacimiento. Pinos y esculturas, patios y cerámicas de Miro formando paredes, todo encaja de manera libre y natural, a diferentes alturas. Estamos en una ambientación muy mediterránea. En el interior, al fin encontramos la gran exposición temporal que hemos venido a ver. Pasamos un poco de largo por las obras de Lucian Freud y vamos corriendo hacia las de Francis Bacon: han traído hasta aquí algunas de las más importantes, sus deformes figuras, sus rostros reconstruidos después de haber sido destruido, nos atraen y horrorizan al mismo tiempo. No hay nada seguro en Bacon, el irlandés creaba obscenidades violentas, matéricas, bellezas imposibles, liminares, sin acomodo. Al salir, nos reencontramos con la luminosidad extrema de la Provenza. No podemos demorarnos mucho más, por la noche tenemos que coger otro tren nocturno, pero esta vez en dirección a Portbou, ahora sí de vuelta a casa.

https://www.fondation-maeght.com/

lunes, 27 de mayo de 2019

Museo de Maricel de Sitges, (Barcelona)

Llueve a mares cuando llegamos a Sitges. Hemos venido a visitar esta localidad costera con Paola, amiga y profesora de literatura española en la Universidad de Bari (Italia). La imagen icónica de esta población, el paseo marítimo y la iglesia, surge ante nosotros sumida en un mundo acuoso, de una manera conmovedora. Además, nos sorprende ver como la tormenta ha dejado las playas reducidas a la mínima expresión. Nos dirigimos a paso firme al llamado Racó de la calma, donde se ubica el Museo, para visitarlo y también ponernos a cubierto. Mientras tanto, le voy explicando a Paola que hace unos años aquí habían dos museos juntos: el Cau Ferrat y el Mar i Cel. Ahora, con muy buen criterio, se han unificado bajo el nombre de Museu de Maricel. El origen del Cau Ferrat fue la adquisición en 1893 de una casa de pescadores por parte del insigne pintor y escritor Santiago Rusiñol, para, a continuación, tirarla y construir lo que sería su taller. Aquí pintaba y almacenaba obras de arte propias o adquiridas; y a este lugar acudían habitualmente sus amigos, los artistas más insignes de la Barcelona finisecular. Toda esta parte de Sitges era a finales del siglo XIX un barrio popular. Con aquella adquisición comenzó todo un proceso de destrucción y construcción de un marco incomparable, formado por varios palacios, todos con un estilo neogótico y noble, muy en boga en pleno modernismo, que se acabaría en la década de los años 20 del siglo XX. La verdad es que el conjunto impone y atrae a los turistas. Pero, por suerte para nosotros, muy pocos entran en el Museo. La visita se inicia, precisamente, por la parte que fue del Cau Ferrat. Aquí podemos encontrar sobre todo toda la colección de forjados, muebles, cristales, cerámicas y arte de todo tipo, que Rusiñol fue adquiriendo en sus viajes por toda Cataluña. También hay alguna obra del propio Rusiñol, así como de alguno de sus más insignes amigos, como Ramón Casas, Picasso, etc. Destaca, en la gran sala central, que imita la de un castillo medieval, por encima de todo, un cuadro de El Greco: Las lágrimas de San Pedro. Como Paola tiene raíces griegas, se interesa enseguida no solo por el cuadro sino también por la reivindicación que hicieron los modernistas catalanes de la figura del pintor cretense. Después de visitar el Cau Ferrat, pasamos a la parte del antiguo museo Mar i Cel. Aquí se concentra el legado de varios coleccionistas de arte como la del doctor Jesús Pérez Rosales. Se puede ver una muestra muy variada de diferentes épocas, que van desde murales románicos y góticos pasando por obras modernistas y novecentistas, como una escultura de Josep Llimona, así como obras de Rusiñol, -con alguna de sus características pinturas de jardines españoles-, Fortuny, Casas, y también una sala con murales tremendistas y tenebristas de Josep Maria Sert, con una alegoría sobre la I Guerra Mundial. Sin embargo, el plato fuerte de la visita es el balcón con arcadas sobre el mar. Las vistas sobrecogen y en este día de tormenta aún más, porque el mar choca contra los muros del Museo, como si lo quisieran derribar. Entre los arcos del balcón, varias esculturas de figuras femeninas en calma contrastan con el movimiento de las olas del exterior. Junto al balcón han colocado la estatua original, homenaje a El Greco, iniciativa de Rusiñol y sufragada por donaciones de los habitantes de la población, que estaba situada en el paseo marítimo de Sitges. Ahora allí han puesto una reproducción, porque esta que cobija el Museo está ya muy deteriorada por la sal marina: tanto el rostro, como las manos y la golilla del pintor afincando en Toledo han quedado bastante desfigurados. El paso del tiempo y la cercanía al mar han podido con la sólida piedra, pero no con la reivindicación del genial cretense. Salimos y parece que la lluvia nos da una tregua para que podamos dar un paseo por la parte antigua de Sitges.

http://museusdesitges.cat/es/museo/maricel/museo-de-maricel

miércoles, 8 de mayo de 2019

Museo de Dubái (Emiratos Árabes Unidos)


Estamos en Al Fahidi. Se trata del verdadero barrio antiguo de Dubái: muy bien conservado o restaurado, con casas tradicionales árabes, convertidas ahora en su mayor parte en galerías de arte y restaurantes. Entramos en una de las galerías: accedemos primero a un patio interior, rodeado de habitaciones donde se exponen algunas obras, ninguna de interés artístico, tal vez únicamente decorativo. Las calles de piedra blanca, estrechas, las fachadas de un solo piso y en colores claros, nos transportan al lugar tranquilo y originario que fue Dubái hasta los años setenta. Seguimos, de sombra en sombra, hasta el Dubai Museum, que se encuentra en el interior de un antiguo fuerte, de hecho es el edificio más antiguo de la ciudad aún en pie y uno de los lugares más visitados por los turistas. Al llegar vemos como una multitud de grupos de turistas van entrando y, después, seguirán ordenadamente paseando por su interior. Oímos todos los idiomas de Europa y de Asia, aquí se podría hacer también una radiografía de todas las conexiones áreas que Emirates realiza diariamente entre Dubái y el resto del mundo. El fuerte se muestra por fuera impenetrable con sus muros altos, hecho de una mezcla curiosa de yeso y coral que le dan un tonalidad rosado, está formando un rectángulo con dos torres. Al entrar se accede a un gran patio, donde han colocado varios cañones y barcas de remos de diferentes tamaños y un viejo dhow, recuerdo de los antiguos barcos de vela árabes que surcaron los mares hacia África y hacia el sudeste asiático comerciando con especias, perlas y esclavos. Pasamos corriendo hacia las partes cubiertas, en el interior, porque el sol da de lleno en el patio, al refugio del aire acondicionado, aunque tengamos que ir como dos ovejitas más, por en medio de los rebaños de turistas. No nos importa si, a cambio, no nos achicharramos. En las diferentes estancias habilitadas como museo se muestra la vida en el antiguo Dubái, antiguo significa aquí anterior a 1971, con maniquíes de hombres y mujeres vestidos a la manera tradicional dentro del hogar, y también los oficios de pescador y buscadores de perlas, así como los comerciantes, los religiosos y los gobernadores o emires, en sus cortes hechas de jaimas en medio del desierto. En una sala se muestran antiguos vestigios arqueológicos. Es, sin duda, la parte más interesante de todo lo que se encuentra expuesto en este lugar, también la más auténtica, aquí no hay maniquíes, sino piezas de verdad, vestigios desde la prehistoria hasta  los primeros asentamientos árabes en la zona y de su comercio con otras partes del mundo antiguo, incluidas piezas fenicias, griegas y romanas. Curiosamente, en esta sala no hay prácticamente nadie, estamos solos. Las multitudes prefieren ver escaparates como los de Zara, con muñecones a la moda árabe de otra época, antes que unas piezas de cerámica o unas piedras originales, antiguas de verdad. Es así como estos vestigios, que conectan el golfo pérsico con el Mediterráneo nos hacen viajar a través del tiempo, y nos devuelven a las orillas de nuestras costas mediterráneas, nos acercan a casa… Será porque en mi niñez….que diría Joan Manuel Serrat. Antes de volver a salir a la calle, pensamos muy bien el trayecto a seguir para llegar lo antes posible a la parada de metro y no morir de calor por el camino.

http://www.dubaiculture.gov.ae/en/Live-Our-Heritage/Pages/Dubai-Museum-and-Al-Fahidi-Fort.aspx

miércoles, 6 de enero de 2016

Museo Yámana de Ushuaia (Argentina)

En el extremo sur de América, en la Patagonia, vivió un pueblo indígena llamado Yámana o Yagán. Los primeros exploradores españoles que se aventuraron hacia sur del continente habían llamado genéricamente fueguinos a los habitantes de aquellas tierras remotas e inhóspitas, porque al dirigir hacia allí sus miradas veían únicamente columnas de humo, por lo que se imaginaban que eran tierras habitadas por personas que hacían grandes fogatas; y así llamaron a aquellos territorios ignotos como Tierra del Fuego. Sin embargo, la lejanía de las tierras colonizadas más al norte, permitió a estos pueblos mantenerse aislados y, por tanto, libres e intactos hasta mediados del siglo XIX, cuando una serie de misioneros británicos se asentaron en la zona para cristianizarlos. Lamentablemente, el encuentro con los misioneros protestantes fue el principio del fin para todos aquellos pueblos originarios, aunque es gracias a ellos que hoy tenemos testimonios escritos sobre sus vidas y costumbres. 
Nosotros descubrimos la existencia de los Yámana, palabra que en su idioma significa "ser humano", uno de los pueblos que se encontraba en la Tierra de Fuego, a ambos lados del canal de Beagle, a nuestra llegada a Ushuaia. Aquí todo lleva la coletilla de "fin del mundo": uno puede subirse al tren del fin del mundo, o visitar la prisión del fin del mundo. Pero aquello que Jules Verne bautizó como El faro del fin del mundo se encuentra mucho más al sur y en territorio chileno. Para los argentinos de hoy, tal y como pasaba con los romanos en las costas de Galicia, no cabe duda e insisten en que estamos en la ciudad más al sur del mundo, capital de la provincia argentina de Tierra de Fuego y cuyo nombre proviene de la expresión yámana "bahía profunda", aunque al otro lado del canal de Beagle siga habiendo más tierra, pero se trata de territorio chileno.
En medio de la anodina arquitectura moderna y pretendidamente cosmopolita de Ushuaia, nos encontramos un museo pequeño dedicado al pueblo yámana. Su sencillez exterior, una casa de madera pintada en colores pastel, ajena al "fin del mundo" como eslogan turístico, nos atrae poderosamente. El museo fue inaugurado en 1999 con el nombre de Museo de Maquestas Mundo Yámana, y efectivamente aquí se siguen exhibiendo una serie de maquetas, con representaciones a pequeño tamaño de la vida de este pueblo indígena, a la manera de dioramas como escenas de pesca y de caza, ceremonias, poblados, etc. También se conservan algunos vestigios materiales, como herramientas de pesca, abalorios, pieles, etc. Pero lo que más llama nuestra atención es la reproducción a gran tamaño de parte del legado fotográfico de los misioneros británicos que llegaron a estas tierras a finales del siglo XIX, y que nos muestras la genuina comunión de aquellos pueblos indígenas con una naturaleza dura pero que les proveía de todo lo necesario y, por tanto, su capacidad de supervivencia en un clima tan adverso.
Según se nos informa en el Museo, de los antiguos yámanas tan solo queda hoy algunas trazas genéticas en los habitantes tanto de las provincias argentinas como de las chilenas de la gran región patagónica, así como una artesanía que dota a la zona de cierta originalidad artística. Pero su mundo desapareció hace tiempo. Más allá del folklorismo autóctono y la preservación de la memoria indígena, este Museo nos muestra un tema de plena actualidad: el respeto y la preservación de las comunidades indígenas debe prevalecer por encima de cualquier ansía "civilizadora".